Apropiación indebida

Apoderarse de los bienes ajenos es delito. La apropiación indebida es robo con estafa. Suena a atenuante, pero hay apropiaciones que pueden ser criminales, sobre todo cuando se trata de bienes comunes. Apropiárselos es expropiarlos a la mayoría. Porque hay propiedad común.

El término nación expresa bien qué es un bien común: aquello que es propiedad de todos los ciudadanos por igual. Nación es todo lo que pertenece a todos, empezando por el medio físico, eso que delimitan las fronteras (terrestres, marítimas, aéreas). Entran aquí los bienes naturales (el suelo, el aire, el agua, el sol, la flora, la fauna, etc.); los bienes materiales, sociales y culturales construidos a los largo de los siglos (industria, comunicaciones, carreteras, monumentos…); pero también el Estado, que es el conjunto de instituciones y normas que rigen las relaciones sociales y productivas y hacen posible la convivencia.

Propiedad común no se opone a propiedad privada, pero limita el uso particular de los bienes comunes, prevaleciendo su defensa sobre cualquier otro interés. Entender la nación como bien y propiedad común es el mejor modo de desenmascarar la aberración semántica de la plurinacionalidad. Si hay varias naciones, cada una ha de tener su territorio con su Estado y fronteras, del que son dueños y soberanos exclusivamente sus ciudadanos. Un mismo territorio no puede pertenecer a dos naciones (hasta los enclaves, como el de Treviño, se rigen por esta norma).

Traducido: si Cataluña es una nación, deja de ser de todos los españoles para pasar a ser propiedad exclusiva de quienes sean reconocidos como catalanes. Para ello hay que expropiar a los españoles de esa propiedad común que es hoy Cataluña (con todos sus bienes), y a su vez expropiarles a los catalanes esa propiedad común que hoy es España (con todas sus consecuencias). Hacerlo al estilo de la toma del peñasco del Perejil o mediante una apropiación indebida (como proponen Junqueras, Iceta e Iglesias) es lo mismo.

Pero quien dice Cataluña puede decir cualquier otro bien común. Por ejemplo, Cervantes y el Quijote. Los bienes culturales son también un bien común, aunque, por su naturaleza, puedan ser gozados por todo el mundo. Nada más miserable que intentar apropiarse indebidamente de un bien tan común como Cervantes y el Quijote. Pues los separatistas no tienen reparo en hacerlo. Han montado una institución destinada a catalanizar todo lo que suene a valor o prestigio español, incluido Cervantes y el Quijote, cuyo origen catalán propagan con vídeos, conferencias y libros. No es delito menor,¡porque además se hace con dinero público!

Pero lo más nocivo es el contagio. En cualquier rincón de España vemos surgir a fragmentadores y expropiadores de lo común, ya sea la educación, la historia, la sanidad, la justicia, los puertos y aeropuertos, las fuerzas de seguridad y hasta los rótulos de las carreteras. Un ejemplo ridículo es el conflicto que ha llegado al Tribunal de Justicia Europeo a propósito del uso comercial de la figura de don Quijote.

Las Denominaciones de Origen se inventaron para proteger los productos originales de las imitaciones espurias. Tal es el caso del “Queso Manchego”. Los productores de esta DO unen a la marca una efigie de don Quijote, con su molino y rebaño de ovejas, y consideran que ningún otro queso puede llevar estos iconos. El TEJ sentencia que éstos son “signos evocativos” de la Mancha y que es ilegítimo usarlos para vender otro queso.

Traigo a cuento esta “noticia de quesos” como muestra del afán de apropiarse de lo común para beneficio particular. Nada hay más común y español que Cervantes y el Quijote. La primera apropiación indebida ha sido hacer a Cervantes y a don Quijote “manchegos”. Viene de lejos, cuando un cura encontró una partida de bautismo en Alcalá a la que añadió el nombre de “Miguel”. Luego, una lectura reduccionista convirtió a la Mancha en el espacio geográfico dominante de las aventuras de don Quijote.

He demostrado en mi libro Huellas judías y leonesas en el Quijote que ese tópico paisaje desolado desaparece a partir del capítulo X de la I Parte. Convertir el Quijote en guía turística es licencia aceptable, siempre que no se desvirtúe su sentido y alcance, que es universal por ser español, no manchego. Como español, no acepto la expropiación forzosa, ni de Cervantes ni de cualquier otro bien común. Vamos, que me rebelo contra tanto timador, saqueador y maleante, y contra todos los predicadores de la resignación y la claudicación que los amparan. ¡Què se vayan al infierno!

Por Santiago Trancón


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