Los que se denominan seguidores de la «revolución de la sonrisas» siguen demostrando que lo suyo es algo mucho más siniestro. Lo que les va es marcar al discrepante, señalar al desafecto, marcar al que no piensa como ellos. Porque a los secesionistas no les va la democracia por mucho que presuman de ello, lo suyo es la unanimidad de las masas norcoreanas que desfilan juntas cada 11 de septiembre uniformadas y sincronizando coreografías.
Por eso han de evitar que haya disidencias. Porque su proyecto excluyente se basa en el «sí, señor», en la uniformidad, en la ausencia total de espíritu crítico. La enésima víctima de esa voluntad de intentar acabar con la discrepancia ha sido Josep Ramon Bosch, el ex presidente de Societat Civil Catalana, que ha visto como un grupo de activistas secesionistas ha llenado la puerta y la fachada de su casa con propaganda de la consulta ilegal.
A eso se le llama «marcar», para que todo el pueblo sepa que nadie está a salvo, y que saben quien es un «mal catalán» que no comulga con la «sagrada» bandera de la estelada. Esa es la democracia de Puigdemont, Junqueras y la CUP. Se empieza poniendo carteles de una consulta totalitaria en casa de un discrepante para que quede claro que saben dónde vive y quién es.
Por suerte, España es un Estado de derecho, no la república bananera que Puigdemont y sus aliados quieren construir. Y Bosch, y todos los que estamos con él, ganaremos.
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