Pedro Sánchez ha sabido hacer de la necesidad virtud. La urdida celada le permite seguir cobrándose piezas jugosas en una secuencia ininterminable de alarma que le habilita para gobernar despóticamente. Cuenta con el mejor aliado, el virus traicionero dispuesto a seguir diezmando a los ancianos y metiendo el miedo en el cuerpo al resto. Hoy la oposición tenía un debate complicado y tramposo en los términos planteados: «sin confinamiento, muerte y cargarás con ella».
Inés Arrimadas ha preferido apostar por el «durmiendo con su enemigo» aunque tal vez se torne en atroz pesadilla por la aceptación tácita de los excesos gubernamentales producidos.
Santiago Abascal a lo «rebelde sin causa» está dispuesto a tomar las calles sin incendiarlas porque no es propio de él, aprovechando el malestar de una buena parte de la ciudadanía con la represión, el abuso, la incompetencia y la obscenidad de la dupla Sánchez-Iglesias.
Pablo Casado, siempre elegante y aguerrido, no apura hasta el «límite 48 horas» pero sí afirma que ese telón del estado de alarma debe caer en 15 días. Tal vez, el papel más complicado por su responsabilidad como principal partido de la oposición.
Y mientras tanto el resto de los mortales seguimos recluidos y bajo mínimos laborales en una dinámica perversa y fatal para poder salir adelante por cada uno de nosotros mismos.
La vida, como la política en España, se asemeja más al «Lejano Oeste» y no me refiero al Portugal de la «sesuda» Ministra Teresa Ribera que cada vez que abre la boca «sube el pan», sino a la aridez, peligrosidad y crudeza del día a día.
Me temo que lo más crudo está por venir y no será un buen porvenir, ni para unos, ni para otros, ni para todos.
Sergio Santamaría
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