En cualquier obra de teatro que se precie, la puesta en escena forma una parte trascendental de la misma. Tan importante como unos buenos actores, un texto fluido o una correcta iluminación. Y eso no se logra de un día para otro. La planificación es crucial. Se ensaya, se prueba, se corrige, se vuelve a ensayar hasta que está todo listo para levantar el telón y ofrecer el público la obra. Con el menú de un restaurante sucede lo mismo. No se improvisa nada, y nada se deja al azar.
En la gran farsa que es la relación entre el gobierno de Pedro Sánchez y sus socios separatistas, la llamada mesa de diálogo forma parte del guion. Pretenden pasar por acuerdos tomados en esas reuniones lo que en realidad es un texto escrito mucho tiempo atrás, bien planificado y meticulosamente ensayado para satisfacer a los acríticos votantes de uno y otro partido.
Así, ese primer plato llamado “desjudicialización” es el típico suflé lleno de aire y que en realidad significa seguir con lo que ya se llevaba haciendo, no perseguir según que temas, ser laxo en las exigencias de cumplimientos legales y mirar hacia otro lado cuando las entidades constitucionalistas claman en el desierto.
De segundo, catalán en el Parlamento Europeo y en las Cortes Españolas. Plato de los de toda la vida, pero deconstruido a la rica reforma reglamentaria. De gusto de ambos comensales, sin duda.
Y como postre, apoyo total a no aplicar la sentencia del TSJC acerca de la vehicularidad del 25% en español en las aulas catalanas. Finamente elaborado por ERC, Junts, Comunes y PSC, sirve de guinda a la “mesa de diálogo” con sugerente menú y mejor ejecución.
Y aquí tienen el perfecto maridaje entre gastronomía, teatro y política. Donde todo parece nuevo y nada lo es, que este menú llevamos décadas viéndolo. Y como siempre, quien paga la función, la comida, las copas y lo que haga falta son los catalanes que no son separatistas y que son críticos con quien sirve los platos. O sea, Ud. querido lector. Bon appetit.
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