El desmarque de Cs de la cabecera de la manifestación del 12 de Octubre en Barcelona ha provocado un mar de interpretaciones y extrañezas. Es una lástima que a estas alturas de la película aún sorprenda la desorientación de Cs, su equidistancia intermitente en función de los compañeros de viaje, o simplemente los remilgos de sus actuales dirigentes ante el qué dirán de lo políticamente correcto. Sería más despiadado hablar del síndrome de Catalunya de un partido que nació precisamente para hacérselo superar al resto de catalanes.
Dejémoslo sólo en algo mucho más sencillo: la Resistencia que creó a lo largo de más de 20 años las condiciones para el nacimiento de Cs, la élite intelectual que legitimó su nacimiento, la base social que se sumó con entusiasmo a su llegada al Parlament, y la determinación de sus tres primeros diputados para acabar con la hegemonía moral del nacionalismo sin complejo alguno, ya no forma parte del actual Cs.
De hecho, no es responsabilidad exclusiva de sus actuales dirigentes, ya en la presidencia de Albert Rivera, Cs cambió de piel en tres ocasiones. En cada camada, buena parte de sus militantes de primera hora abandonaron el proyecto hasta convertir el propósito inicial en una extensión de las ambiciones personales de su presidente. Algo muy similar a la trasformación que ha sufrido el PSOE con Pedro Sánchez, aunque sin el hundimiento electoral de Cs. Al fin y al cabo, Inés Arrimadas fue aupada por Rivera con todos los defectos y virtudes de su propia personalidad.
No me voy a extender sobre ello. Un día habrá que hacerlo. Aunque sólo sea para respetar la memoria de quienes se dejaron la vida por Cs.
A lo que íbamos, para quienes sufrieron el nacionalismo a la intemperie, y pusieron su alma en la creación de Cs no cabía la equidistancia, ni el cálculo electoral, ni lo políticamente correcto, sólo la determinación por acabar con esa aberración del apartheid lingüístico y el chantaje nacionalista a los gobiernos de España suplantándoles como bisagra. Había que terminar con los abusos, las humillaciones y el odio camuflado en victimismo contra todo cuanto representara España.
Esa determinación los llevó a hablar en español sin complejo alguno en el Parlament y normalizar su uso, a votar contra la ley de memoria histórica, contra La Ley de violencia machista, o permanecer mudos en sus escaños mientras el resto de diputados cantaban la letra envenenada del Himno nacional de Cataluña. Ese espíritu se fue evaporando con el riverismo, dueño ya del partido después de haber marginado a la izquierda liberal de su seno.
Por entonces no existía Vox, pero sí el PP. Un Partido Popular que se camuflaba en el paisaje sin atreverse siquiera a hablar en castellano. Hoy, sin embargo, lo utiliza a menudo y está más cerca de aquel Cs inicial, que el propio Cs actual.
Sin Vox y un PPC acomplejado, ¿quiénes creen que votaron entonces a Cs? Los mismos que votan ahora a Vox, al PP actual, y a cuantos socialistas estaban hartos del PSC, juntos a los que residían en la abstención por no tener a quién votar hasta ese momento. ¿Se extrañan por qué ahora se hunda Cs mientras Vox y el PP crecen?
La debacle empezó con el empeño de Albert Rivera por sustituir a Rajoy como presidente de la derecha española y su No es No al pacto con el PSOE en abril de 2019. Siguió con los titubeos de Inés Arrimadas en busca de un centro liberal que provocó la irritación definitiva con la moción de censura en Murcia. El hundimiento en Cataluña de 36 a 6 diputados no fue consecuencia exclusiva de esos polvos electorales, sino de la política timorata ante el nacionalismo del equipo de Inés Arrimadas, que llegó a prohibir a sus concejales y diputados hablar de la inmersión en su etapa de Cataluña.
Esos camuflajes en función del contexto electoral que tanto aborrecían los creadores de Cs, en un contexto de abandono y acoso del nacionalismo donde el electorado está harto de componendas y apaños, ha arrojado a su electorado a los brazos de Vox, y ahora también del PP de Alejandro Fernández. Incluso los arrebatados al PSC han vuelto al redil. En el resto de España, la diferencia es aún más sangrante. Hoy por Hoy, Isabel Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo tienen un conocimiento más profundo de Cataluña y representan mucho mejor al Cs original que sus actuales dirigentes.
El mal está hecho. Ya no tiene vuelta. El estriptis realizado el 12 de octubre deja definitivamente fuera de juego a un partido que fue la esperanza y hoy sólo es una agencia de colocación en bancarrota.
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