
Los niveles de encanallamiento del secesionismo son tan atroces, que ya solo falta que Toni Soler, uno de los killers mediáticos de TV3, se dedique a hacer vudú en pantalla con un muñeco que represente al rey Felipe VI, o que Jair Domínguez se dedique a simular pegar tiros a fotografías de líderes constitucionalista, como Albert Rivera. ¿Cómo? ¿Qué ya lo hizo? Pues elijan ustedes su barbaridad favorita.
Repasemos los dos últimos acontecimientos. Una ex presidenta del Parlament, que ha atacado en varias ocasiones con comentarios que rozan el supremacismo a Inés Arrimadas, se «arrepiente» mucho por haber difundido «por error» un mensaje en el que se llama abiertamente «cerdos» a Arrimadas (otra vez insultada), Juan Carlos Girauta, Enric Millo y Dolors Montserrat.
A esta «arrepentida», pero que no para de insultar a los líderes constitucionalistas (y que fue reprobada por el Parlament) el presidente Quim Torra le ha concedido la Creu de Sant Jordi, la máxima distinción de la Generalitat.
Una representante del Govern que preside Quim Torra aprovechó un acto en el emblemático campo de concentración de Mauthausen en homenaje a las victimas españolas del nazismo para hacer propaganda política en favor de los políticos en prisión preventiva. No respetan ni la matanza más trágica de la historia de la humanidad.
Lo tenemos claro: cuanto peor, mejor. Que sigan con sus barbaridades, con sus desfiles de antorchas, con sus insultos, con sus muestras de supremacismo, con sus barbaridades en la televisión pública. Se creen que son impunes, y que sus excesos no les pasará jamás factura.
Pero sí, en todo el mundo civilizado este tipo de comportamientos se ven como lo que son: muestras de totalitarismo, de xenofobia, de intolerancia. Que sigan mostrando su auténtica faz, que irán cosechando derrota tras derrota hasta la derrota final.
Editorial
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