¿Y ahora, qué va a pasar? Buena pregunta. Nadie duda de que, contra viento, marea, amnistía y mascarillas, el socialista Salvador Illa parte con ventaja para ser el más votado por los catalanes el 12M. Claro que ya veremos luego con quién o con qué pacta… ¿Cómo puede ser?, se preguntan cariacontecidos muchos constitucionalistas de piedra picada que no entienden, sinceramente no entienden, que ciertas cosas no pasen más factura.
Para tratar de hacerse una idea convendría ahondar en nuestra historia reciente y en la que no lo es tanto. Durante la larga calma (aparentemente) chicha de los 80 y los 90, Cataluña fue dual: CiU y PSC, PSC y CiU. Era la versión vernácula del bipartidismo PSOE-PP en la mayor parte de las Españas. El PP catalán era una anécdota. Más divertida con Alejo Vidal-Quadras, pero anécdota al fin. Sus posibilidades de influir en la gobernanza catalana eran cero. Cuando José María Aznar decide entregar en bandeja de plata a Jordi Pujol la cabeza de Vidal-Quadras, seguro que le ayudó a “decidirse” pensar que en el fondo, ganaba mucho (la Moncloa) a cambio de muy poco: pinchar pero no cortar desde las bancadas del Parlament.
Hay que reconocer que ahí el líder de CiU le marcó al del PP un gol por todo el fondo de la escuadra. Siempre se ha dicho que Pujol quería acabar con Vidal-Quadras por puro rencor. Por la rabia que le daban sus pullas y sus sátiras. Pero, por esta regla de tres, habría tenido que pedir la cabeza de medio Partido Popular. Empezando por las risueñas legiones que a las puertas de la sede de la calle Génova de Madrid entonaban cánticos de “Pujol, enano, habla castellano”. Y, por supuesto, no sentarse a cenar en el Majestic ni a tomar una caña con nadie.
Se puede pensar que el entonces “molt honorable” tenía sus manías, o que tenía buen ojo para anticiparse al futuro. Años antes del pacto del Tinell, él ya lo tenía claro: donde comen dos partidos, mejor que no coman tres. De Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. Todo lo demás es una fuente de disgustos para gente acostumbrada al statu quo y a las mayorías absolutas.
Los que han mandado siempre tienen una manera innata de entenderse entre sí incluso desde las más aparatosas discrepancias ideológicas. CiU y PSC se conllevaban porque tenían un largo hábito de ser roommates en las instituciones catalanas. CiU y PP en cambio siempre o casi siempre rechinaron porque la alternancia a 600 km de distancia no es lo mismo. No se tiene la misma confianza. Ni siquiera entre votantes.
Cuando la ideología palidece frente a lo que verdaderamente importa (la costumbre de mandar), quieras que no cunden los vicios. Y los vicios se pagan. ¿No querían a Vidal-Quadras? Pues toma Albert Rivera.
Ciudadanos irrumpió como un misil tierra-aire en el bipartidismo catalán. Y en el español. No era el primero que los cuestionaba, pero sí el que lo hizo con más potencia de fuego. Y con visión de 360 grados además: nadie ha estado tan cerca de cambiarlo todo tanto a su derecha como a su izquierda. Ahora ya nadie quiere acordarse, pero, mucho antes que Juanma Moreno Bonilla, Susana Díaz fue investida presidenta de Andalucía con los votos de Ciudadanos (pregunta perversa: ¿tendría esto algo que ver con la inmortal antipatía personal de Pedro Sánchez hacia Rivera, con la inquina que le tenía, asunto nada menor en la voladura de todo posible pacto nacional en 2019?…). Y desde luego, el tsunami de votos catalanes que en 2017 recoge Inés Arrimadas no se explica ni vaciando todos los caladeros electorales del PP catalán. Aquella fuerza de la Naturaleza venía de lo más hondo del PSC.
Luego empezaron a acumularse las torpezas, las ambiciones, las idas y venidas, los complejos, las mochilas…el resto es historia. Con una lección final bien amarga: la nueva política no se puede hacer con personalismos ni con prisas. Los cielos no son tan fáciles de asaltar y los infiernos menos. Me decía un amigo en días recientes: “Después de lo que ha pasado tanto con Podemos como con UPyD y Ciudadanos, etc, pueden hacer falta diez años para que salga otro partido, otro proyecto, capaz de condicionar a los grandes leviatanes del bipartidismo”. Y sobre todo, para que la gente se lo crea.
En cierto modo el 12M vamos a estar en el peor de los mundos posibles: con todas las desventajas del bipartidismo y ni una sola de sus ventajas, que básicamente son la estabilidad y la capacidad de proveer grandes pactos de Estado. De desplegar amplios y sólidos paraguas institucionales que (más o menos) protejan universalmente en las cuestiones de fondo como son los derechos fundamentales y la igualdad de todo hijo de vecino frente a la ley. Triste es decir que a día de hoy muchos nos daríamos con un canto en los dientes si tuviéramos garantizado por lo menos eso.
No sé si espantarme o alegrarme del bloqueo que se vislumbra en las próximas elecciones catalanas y puede que en las españolas. Con el independentismo echado al monte y planteando exigencias tan extremas que ya no es que les sobre la más de media Cataluña que no es independentista; es que ya se sobran ellos mismos, ya se sacan los ojos unos a otros con la punta feroz de la estelada. El bloqueo político, social, económico y humano es consecuencia trágica de muchas cobardías y esterilidades. También puede ser un grito de sana angustia. La prueba del nueve de que así no podemos ni queremos seguir. Todo puede volver a empezar hoy…
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