El concepto de la Batalla de las Ideas lo desarrolló Carlos Marx, para describir un enfrentamiento entre el marxismo y la filosofía moderna alemana. Más adelante fue Antonio Gramsci el que vaticinó que quien controlaba los medios de producción, ganaría la Batalla de las Ideas.
Por lo tanto vemos con claridad que esta acepción tiene un origen netamente marxista, y a lo largo del siglo XX han sido precisamente los marxistas y las izquierdas los que han planteado esta pugna, para imponer sus ideas al resto de la sociedad, implantando poco a poco lo que se conoce como arquitectura social, que pretende crear una nueva sociedad basada en los postulados tradicionalmente marxistas, en los que la familia desaparece frente a un individuo, que se convierte en un simple engranaje del Estado, del que forma parte y al que está obligado a servir.
Tradicionalmente la derecha ha manifestado que la izquierda les ha ganado siempre la Batalla de las Ideas, porque como decía Gramsci, al dominar la izquierda la mayoría de los medios de difusión social, como la prensa y las televisiones, han impuesto a la sociedad sus postulados y su ideología. Este aforismo supone una verdad parcial, porque siendo cierto ese dominio propagandístico, la verdad es que la derecha tradicional y la derecha que hemos conocido hasta ahora en España, no ha querido o no se ha atrevido a participar en la Batalla de las Ideas.
En la actualidad el consenso progre está imponiendo ideas extrañas, como que los hijos no pertenecen a los padres, o que la condición sexual de la persona no viene determinada por la naturaleza, sino por su propia voluntad, o que la familia no es el pilar básico de la sociedad. Estas cuestiones como tantas otras impuestas por la izquierda, son asumidas como propias por partidos como Ciudadanos, y por lo que respecta al Partido Popular, si bien no está de acuerdo con estos postulados, no se atreve a cuestionarlos para que no le tilden de facha o retrógrado.
Cuando la derecha pierde la Batalla de las Ideas y la izquierda impone sus principios, la sociedad se vuelve materialista, y esto desemboca en el triunfo del individualismo, porque cada uno se considera autosuficiente cuando consigue una buena posición económica, sin importarle lo que le pase a los demás. Además esta pérdida de los valores tradicionales como la familia, el patriotismo o el humanismo, convierte al ciudadano en un ser dubitativo, en el que en su interior se produce una pugna entre lo que le dicta su sentido común -lo que le han enseñado sus padres- frente a lo que los medios de difusión social controlados por la izquierda, le dicen lo que ha de pensar, y lo que es políticamente correcto.
De esta forma se produce una situación en la que el individuo actúa, no en virtud de lo que piensa, sino en virtud de lo que socialmente se espera de él. Este ciudadano dubitativo piensa de una forma y actúa de otra, como aquel vecino que dice delante de unas cámaras de televisión, que le parece muy bien que su barrio se convierta en un gueto de inmigrantes, cuando en privado aborrece esa situación.
Estas dudas internas abren la puerta del relativismo, porque para los hombres y las mujeres las cuestiones más elementales, en las que una persona tiene que posicionarse con rotundidad, como es la condición sexual, las obligaciones ciudadanas o la educación de los hijos, empiezan a ser relativas, porque todo se puede poner en cuestión. Lo blanco y lo negro desaparecen y todo se remite a una gama de grises.
El problema surge cuando al ganar la izquierda a la derechita cobarde la Batalla de las Ideas, en lugar de obtener una sociedad mejor que todos deseamos, nos encontramos a diario con nuevos casos de asesinatos de mujeres perpetrados por sus parejas, hijos que maltratan a sus padres, adolescentes que muestran conductas machistas con sus compañeras, más divorcios que matrimonios, ataques a símbolos religiosos… Todas estas cuestiones nos evidencian que la sociedad va a peor.
Sin embargo ahora en España como en otros lugares de Europa, se están imponiendo con un gran respaldo popular, que se traduce en muy buenos resultados electorales, partidos políticos que están dispuestos a plantar cara a los postulados impositivos de la izquierda, y ha abrir debates que la izquierda y la vieja derecha ya consideraban cerrados. En el caso de Vox, se han puesto sobre el tapete aspectos como la Ley de Violencia de Género, que sitúa al hombre en una situación jurídica de inferioridad frente a la mujer, Ley que ese partido político pretende ampliar en su protección a hijos y abuelos, o el Pin parental, para que los padres tengan el poder de decisión de las charlas no lectivas a las que deben de asistir sus hijos, o el hecho de que la homosexualidad es una condición sexual que debe de ser respetada, pero no promocionada entre los niños, o el hecho de que no se pueden dar permisos de residencia a todos los inmigrantes que lleguen ilegalmente a España.
Estas propuestas de VOX se sustentan en el principio de la racionalidad, que está amparado por la buena lógica, y por ello vamos a ganar la Batalla de las Ideas, porque el sentido común siempre se impone sobre lo rocambolesco y sobre lo forzado. Por ello los ciudadanos realmente libres, que no se han dejado amordazar por los postulados de la ingeniería social de la izquierda y de una derecha cómplice, optan por votar a este partido político, convirtiendo su voto en un acto de libertad y a la vez de rebeldía.
Juan Carlos Segura Just
Doctor en derecho.
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