La desaparición de Carles Vilarrubí ha desatado una oleada de panegíricos en los medios subvencionados por la Generalidad, presentando una imagen casi hagiográfica del empresario. Se describe a un hombre de éxito, un mediador exquisito y un referente de la sociedad civil catalana. Sin embargo, tras el brillo de las esquelas oficiales se esconde una trayectoria marcada por el activismo nacionalista más excluyente.
Vilarrubí no fue un ciudadano que buscara la cohesión entre los catalanes, sino uno de los arquitectos de la Cataluña separatista que hoy languidece. Su ascenso corrió en paralelo al despliegue del pujolismo, esa red de influencias que confundió durante décadas los intereses de una familia y un partido con los de todo un país. Para él, la catalanidad no era un punto de encuentro, sino una herramienta de distinción política.
La prensa separatista ha optado por la amnesia selectiva al repasar su biografía. Prefieren centrarse en su paso por el FC Barcelona o su éxito en el sector privado, olvidando que su poder emanaba de su cercanía al poder político. Vilarrubí representaba ese sector de la burguesía que alimentó el conflicto con el Estado para mantener sus privilegios, tensando la convivencia hasta límites peligrosos.
Resulta llamativo cómo el actual Gobierno catalán y sus satélites mediáticos ensalzan a figuras que dedicaron su vida a profundizar en la brecha social. Al presentar a Vilarrubí como un modelo, el nacionalismo vuelve a decirnos que solo es «buen catalán» aquel que milita en sus tesis. Quienes no compartieron su fervor separatista quedan, una vez más, fuera del relato oficial de la muerte del empresario.
El problema no es el respeto al difunto, una norma básica de cortesía, sino la distorsión de la realidad histórica. Vilarrubí fue un hombre de partido y de causa, un activista que operó desde los despachos más influyentes para desestabilizar la relación con el resto de España. Su labor no unió; al contrario, contribuyó a levantar muros invisibles entre vecinos por motivos identitarios.
Esta catarata de elogios es síntoma de una Cataluña que se niega a hacer autocrítica sobre los años del «procés» y sus antecedentes. Para el ecosistema separatista, cualquier figura que haya servido a la causa merece el estatus de héroe nacional, independientemente del daño causado a la concordia. Se premia la lealtad al régimen de turno por encima del servicio al interés general de todos los ciudadanos.
Es necesario recordar que la sociedad catalana es plural y diversa, algo que el activismo de Vilarrubí siempre pareció ignorar. Su visión de Cataluña era pequeña, cerrada y monocolor. Por ello, la uniformidad de los halagos actuales resulta artificial y solo responde a la necesidad del separatismo de seguir alimentando sus propios mitos ante la falta de resultados políticos.
Despedimos a un hombre que fue pieza clave de un engranaje político que hoy muchos intentan blanquear. La historia real de Cataluña no se escribe solo con las portadas de los diarios afines, sino con la memoria de una sociedad que pagó un alto precio por el radicalismo de unos pocos. Vilarrubí se va dejando una Cataluña más dividida de la que encontró al inicio de su carrera.
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