Una vida oculta. Una reflexión de Pau Guix sobre los males del nacionalismo

Fotograma de ‘Una vida oculta’

En febrero, justo un mes antes de la terrible pandemia que tan cruelmente nos ha azotado, se estrenaba A Hidden Life (Vida oculta), la hasta el momento última película de Terrence Malick, un reputado director estadounidense conocido por Malas tierras (1973), Días de gloria (1978), La delgada línea roja (1998) o El árbol de la vida (2011), entre otras.

Debo confesarles que no siempre he seguido el trabajo de Malick con demasiado interés. Pero en esta película, basada en la historia de real de Franz Jägerstätter, la fuerza de sus diálogos y narraciones en off, extraídos de la correspondencia escrita desde la prisión entre éste y su mujer Franziska, junto con un tratamiento visual fríamente impactante y una sobria fotografía de los espacios naturales alpinos, se ilustra a la perfección los contrastes de las vidas (ocultas o visibles) que las personas vivieron en ese momento, otorgándole una fuerza tremenda y construyendo una excepcional y brillante poética, propia de los grandes maestros en la mejor etapa de su madurez creativa.

La historia de Franz, que nos narra magistralmente Malick, no es solamente la historia de un único hombre sino que representa la historia de un momento y un lugar, y de cómo respondieron a ella de manera tan diferente los miembros de esa sociedad; Malick nos relata la historia aberrante de un pasado oscuro y angustioso que, por desgracia, algunos tratan de emular hoy en día usando esa misma ideología nacionalista y totalitaria pero tratando de maquillarla como una nueva ideología determinista de libertad personal y de liberación nacional. Nada más lejos de la realidad porque, como en el momento histórico del propio Franz, esta ideología es igualmente supremacista, excluyente, xenófoba y fascista, y lleva a cualquier sociedad que la sufra ineluctablemente a la miseria económica y moral.

La película de Malick se sitúa en Austria, tras el Anschluss que en marzo de 1938 convirtió al país alpino en una provincia más del III Reich. Franz Jägerstätter, un simple granjero del pueblo de Sankt Radegund, esposo, padre y devoto católico, fue obligado a servir en el ejército nazi, como muchos otros austríacos, pero él tuvo la valentía de negarse, aferrado a sus principios morales y a sus convicciones religiosas, que le provocaban un fuerte rechazo hacia esa ideología del mal que fue el nacionalsocialismo alemán; tristemente, después de un largo período en prisión, Franz fue ejecutado en 1943 por negarse a realizar el juramento de lealtad a Hitler, juramento que se le exigía a todos los soldados reclutados por el ejército nazi.

Franz decidió así no adherirse a una causa y un país que no eran los suyos, a rechazar la injusticia y la sinrazón, a sabiendas del terrible coste personal que le iba a suponer: perder su vida, convertir a su mujer en viuda, a sus hijas en huérfanas y a su madre en una doliente anciana, y que todas ellas fueran expulsadas de la tribu y sufrieran el desprecio, el odio y el rechazo constante de la facción social preponderante; pero Franz sabía certeramente que ese terrible sacrificio serviría a un bien mayor, a un propósito superior: que sus hijas y los hijos de los demás, una vez superados los horrores del nacionalismo alemán auspiciados por Hitler, tendrían la posibilidad de vivir en una sociedad pacífica, integradora, libre, justa, próspera e igualitaria, aunque él jamás la llegase a ver.

El título de la película de Malick es una cita de la escritora británica Mary Ann Evans (1819-1880), más conocida por su pseudónimo George Eliot, que reza: “El bien del mundo depende en parte de actos que no constan en la Historia; y el que las cosas no estén tan mal para ti y para mí como podrían haber estado, se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta, y que descansan en tumbas que nadie visita”.

Muchos catalanes, como Franz en su momento, sin saber que eran víctimas del execrable Plan 2000 del Muy Andorrable Jordi Pujol, vivían su vida feliz y despreocupada: “Parecía que ningún problema podría llegar a nuestro valle. Vivíamos por encima de las nubes. ¡Qué sencilla era la vida entonces! Creí que podíamos construir nuestro nido en lo alto, en los árboles, alejarnos como las aves volando a las montañas”, afirma el protagonista. Pero tres décadas después, muchos de los catalanes ahora se preguntan lo mismo que un horrorizado Franz se cuestiona ante la visión de lo que el nacionalismo impuesto por Hitler ha provocado: “¿Qué ha pasado con nuestro país? ¿Con la tierra que amamos?”.

La respuesta es simple: mientras muchos han sucumbido a los cantos de sirena del nacionalismo, auspiciados por esa máquina de adoctrinar que es la escola catalana y esa arma de aborregamiento masivo que es el hipersubvencionado espacio mediático catalán con la CCMA (TV3 y Catalunya Radio) a la cabeza, otros han decidido vivir, como Franz vivió en su momento, una vida oculta, una vida de resistencia al nacionalismo en la que no aceptan formar parte del Lebensraum (el espacio vital) ni del Anschluss (los inexistentes Països Catalans) de los nacionalistas de barretina que en sus ratos libres juegan a dar golpes de Estado y montar Reichpubliquetes de 8 segundos, eso sí, ensoñación mediante.

Sobre la fuerza transformadora de la escola catalana y el espacio mediático catalán es altamente ilustrativo el sermón del Obispo, colaboracionista con el régimen nazi, al que el devoto Franz inútilmente va a pedir guía espiritual: “Debemos ser fuertes. Mantenernos firmes. Aprender la lección del herrero. Sin importar qué tan fuerte golpee el martillo, el yunque no puede, no debe devolver el golpe. El yunque sobrevive al martillo. Lo que recibe los golpes del martillo en el yunque adquiere su forma, no sólo del martillo, sino también del yunque”. Por favor, eduquen a sus hijos en el librepensamiento, no vean la TV3 y exíliense de los medios del régimen y así nadie será yunque nunca más.

También ilustra el film de Malick otro punto más en común entre el pasado y el presente, y no es otro que el colaboracionismo de una parte de la Iglesia, que en muchas parroquias de la Cataluña actual recita la buena nueva de lanació, ergo sermones amarillos, y ensucia las creencias religiosas de muchos catalanes ornamentando fachadas y campanarios con esteladas, lazos amarillos y carteles pidiendo la libertad de los presuspolítics. Cuando Franz es recibido en audiencia por el Obispo le pregunta: “Si Dios nos da el libre albedrío, somos responsables de lo que hacemos, y de lo que no hacemos, ¿no es cierto?”. Prosigue: “Si nuestros líderes no son buenos, si son malvados, ¿qué debe uno hacer?”.

Ante la negativa a manifestar su adhesión a Hitler, sabedor de que está firmando su segura sentencia de muerte, inquiere al Obispo por una solución: “Quiero salvar mi vida, pero no con mentiras”. El Obispo le responde: “Tienes un deber con la Patria. La Iglesia te lo dice. ¿Conoces las palabras del apóstol?”. Añade el Obispo, como analogía de la situación de la Iglesia con la del propio Franz: “Sométase toda persona a las autoridades superiores”. Finaliza exponiendo la cruda realidad: “¿Oyes esas campanas? Las están derritiendo, para hacer balas”.

No es un secreto para nadie que Pujol diseñó desde el principio su plan nacionalizador basándose en una mentalidad de nacionalcatolicismo. La Iglesia debería recordar lo que pasó en Austria, como le comenta a Franz uno de los pocos que se atreve a seguir siendo su amigo: “No podemos culpar al Obispo por cooperar. Esperaba que, al hacerlo, el régimen sería más tolerante con la Iglesia. Pero ahora envían a los sacerdotes a campos de concentración y se prohibieron las procesiones”. La Iglesia debería recordar que Saturno siempre acaba devorando a sus hijos y que el Bien que dicen representar no puede ser instrumento del Mal que dicen combatir, ese mal nacionalista que no respeta ni a personas ni creencias, ya que su único objetivo es imponerse hegemónica y excluyentemente. Bajo los auspicios del nacionalismo jamás habrá espacio para dos credos.

El nacionalismo catalán está lleno de totalitarios de medio pelo, de supremacistas irredentos y de xenófobos de postín (TV3 y los digitales del odio son un continuo desfile diario de todos ellos) que culpan siempre al enemigo exterior de todos los males que les aquejan, males que ─jamás lo reconocerán─ han creado ellos mismos. Esta troupe de esparcidores profesionales de vómito y cizaña nos tildan de feixisteees a todos aquellos que renegamos de su ideología y de sus actos, negándonos además el democrático derecho a disentir de su vírica cruzada estelada y tratándonos de charnegos a los de apellido español y de traidores a los de apellido catalán (siempre basándose en su enfermiza visión de lo que es catalán y lo que no lo es, ya que según las estadísticas no hay apellido más catalán que García).

Todo esto no es más que otro reflejo de esa podredumbre social que conlleva siempre todo nacionalismo, como podemos ver con el personaje del alcalde de Sankt Radegund, un xenófobo oportunista poseído por la contagiosa semilla del mal nacionalista, que le espeta a Franz: “No soy tu enemigo. Soy tu amigo. Aún eres parte de nuestro pueblo. No puedes rechazar a tu raza, a tu sangre, a tu aldea y a tu hogar” Insiste en que: “¡Debemos defender nuestra tierra! Hasta que él llegó [Hitler], la gente estaba desesperada, humillada, encadenada”. Ante la impasibilidad de Franz le amenaza con lo siguiente: “¡Te ahorcarán! Tu familia, tu esposa, tus hijas no tendrán quién los mantenga. ¡Tu madre morirá sin consuelo!”. Y acaba despreciándolo por su irreductible actitud: “¡Eres peor! ¡Eres peor que ellos! ¡Porque ellos son enemigos, pero tú eres un traidor!”.

Por ellos se refiere a aquellos que previamente ha definido como “extranjeros que inundan nuestras calles”, que considera “razas degradadas, tan detestables que ya no pueden despreciarse a sí mismas”, “inmigrantes a los que no les importa el pasado, sólo lo que pueden obtener”, para acabar sentenciando que “esto es lo que sucede cuando un mundo muere”, frases muy similares a las que se pueden hallar en el manifiesto de 1934 de Pompeu Fabra et al. titulado Por la conservación de la raza catalana.

El discurso del alcalde podría haber sido perfectamente pronunciado por el ínclito Jordi Pujol (todo el mundo conoce su extrema simpatía hacia los andaluces) o por el inefable Heribert Barrera (también es conocida su indiscutible simpatía hacia los negros), un supremacista xenófobo que no tiene nada que envidiarle a un racista de talla mundial como Sabino Arana (cuya calle en Barcelona sigue celosamente protegida del cambio de nombre por los nacionalistas de ERC, la CUP, los restos de CiU, el PSC y los Comuns de Colau). Pero Franz, al igual que muchos más catalanes de los que a Pujol o Barerra les gustaría, sabe claramente cuál es el origen del problema: “Hemos olvidado nuestra Patria verdadera”.

Asociaciones, instituciones y sujetos colaboracionistas pueblan siempre el mapa de los nacionalismos, buscando su propio provecho al hacer de mamporreros de un régimen que promete ser hegemónico y su poder omnímodo. En el caso de la película hallamos, entre otros sujetos, al mentado alcalde, y en nuestra realidad actual, la última adquisición para las filas del mal es el expresidente de Societat Civil Catalana, Josep Ramon Bosch, que ha montado un partidito nacionalista más que ─en la mejor tradición política catalana─ estará al servicio del mejor postor en cada momento. Bosch, después de sorprendernos cuando declaró haber votado a ERC en las elecciones municipales en Santpedor, acaba de pedir la libertad de los golpistas en un vergonzoso video-selfie recientemente grabado con la prisión de Lledoners de fondo. A personas como Bosch ─que en un momento fue tan importante para la resistencia al nacionalismo para todos aquellos que vivían forzados una vida oculta por no querer ni jurar lealtad a lanació (como la denomina jocosamente el blog Dolça Catalunya) ni tener nada que ver con quienes rompen la convivencia y fracturan la sociedad─, yo personalmente les aconsejaría seguir otro acertado pensamiento de George Eliot: “Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrárnoslo con sus palabras” ya que ayudaría más que sus peticiones de indultos.

Dicho esto, y en la confianza de que hayan leído hasta aquí, pido humildemente a los lectores su comprensión, y que me perdonen el que me haya visto obligado a tratar tan detalladamente sobre esta película debido a las muchas similitudes históricas que se dan entre los nacionalismos europeos de los años 30 del siglo XX con el actual proceso golpista del nacionalseparatismo catalán, y que es debido a mi profundo pesar al ver cómo los horrores del pasado, que se creían superados ya para siempre en una Europa próspera y unida en la paz, vuelven a esconderse acechantes en las brumas nacionalistas que tratan de envolver, con su negro manto, la luz de la libertad, el progreso, la igualdad, la concordia, la fraternidad y la diversidad que tanto tiempo nos ha costado que luzca y que sea resiliente.

La metáfora de la vida de Franz Jägerstätter, un hombre que vivió conforme a sus principios y creencias, un héroe anónimo que jamás quiso serlo, un valiente que se negó a librarse al mal nacionalista, sacrificando una vida oculta, sencilla y familiar, debe representar algo importante para todos nosotros. Su prácticamente único amigo, previamente a su detención, le espeta: “Franz, no tenemos voz ni voto. ¿Qué podemos hacer nosotros, que somos insignificantes?”. La verdad es que mucho más de lo que nos podamos imaginar: si la verdadera sociedad civil en Cataluña se une, si los llamados partidos constitucionalistas cejan en su apego al escaño y trabajan sobre una acción política valiente y liberadora, si el conjunto de los españoles sienten como suyo (que lo es) el problema nacionalista tan grave que tenemos en Cataluña, si no tenemos miedo a los sacrificios, si todos aquellos que nos hemos visto obligados a vivir una vida oculta no renunciamos a nuestros principios y todos juntos nos ponemos en pie para defender nuestros derechos civiles y nuestras libertades fundamentales que el nacionalismo nos quiere arrebatar, ellos perderán, que no les quepa duda.

Y aunque nadie visite nuestras tumbas y nuestros actos no consten en la Historia, nuestros hijos, al igual que las hijas de Franz, gracias a nuestro sacrificio y nuestra vida oculta, vivirán en un mundo mejor, en un país que habrá enterrado para siempre, en la tumba más profunda que se pueda cavar, el nacionalismo y todos sus horrores.

Pau Guix, 9 de septiembre de 2020


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