La moción de censura ha sido más bien extraña. Lo que sí queda claro es que Vox ha conseguido una buena dosis de protagonismo, ha conseguido relanzar la candidatura de Ignacio Garriga a la presidencia de la Generalitat, demostrando que es un buen orador y que no será un competidor fácil para Carlos Carrizosa y Alejandro Fernández. También que Abascal ha acaparado todos los focos durante un par de días. El resto, mucho ruido.
Tal y cómo se la ha tomado Pablo Casado parece que iba contra él. Parecía que el líder popular quería competir con Arrimadas a la hora de apartarse de la foto de Colón. Pero, al mismo tiempo, siguen gobernando merced a la complicidad de VOX en un buen número de instituciones. Que se aclaren. Está claro que los populares están dolidos con los de Abascal por ser tachados de «derechita cobarde», pero Casado sobreactuó y sorprendió, y no para bien, a buena parte de su electorado y, sobre todo, al que espera recuperar de VOX.
Abascal perdió buena parte de la primera jornada de la moción con referencias a China, Soros o la Unión Europea que servían para desviar la atención de los ciudadanos sobre el auténtico objetivo de esta acción parlamentaria: censurar al Gobierno de Pedro Sánchez por sus pactos con partidos separatistas. En algunos momentos su discurso fue demasiado duro, como renunciando a ser un partido mayoritario en el futuro a cambio de quedarse como líder de la derecha más conservadora del país. Jugó al 0 a 0, y se llevó el puntito, renunciando a ganar el partido.
Y es que si hay un ganador es el teórico censurado, Pedro Sánchez, que ha salido reforzado, pero no por el discurso de Abascal. Lo ha hecho, sobre todo, porque Casado, queriendo desmarcarse de VOX, hizo un discurso tan agresivo que dinamitó buena parte de los puentes con el que es, actualmente, su cómplice para mantener los gobiernos autonómicos de Andalucía, Madrid y Murcia y los ayuntamientos de ciudades tan importantes como Zaragoza y Madrid.
Casado ha querido aplicar a Vox el mismo cinturón sanitario que la izquierda de este país le ha montado desde hace dos décadas. En la política todo vale (por desgracia), y Génova sabrá si acierta o no. Solo sabemos que muchos estamos muy preocupados por la foto del documento con el logo del PSOE al lado del de Bildu, JxCAT, ERC, CUP y BNG. Y los discursos de Abascal, Arrimadas (cuya única preocupación era alejarse de Colón) y Casado no nos tranquilizan a la hora de intentar que los socialistas dejen de dejarse arrastrar por los que odian a España.
Al final, el 14 de febrero tenemos elecciones autonómicas en Cataluña. Ver el logo del PSOE en un documento con el de formaciones que odian a los millones de catalanes que nos sentimos españoles duele en el alma. Pero ver como Cs, VOX y PP están a sus cosas en vez de plantear una alternativa seria para que el cinturón sanitario se le aplique a los partidos separatistas, también duele.
Tiempo hay para que todos recapaciten y creen el ambiente político que movilice a los centenares de miles de votantes no independentistas que están tentados de quedarse en su casa el día de las elecciones. Porque las ganas de mandarlos a todos al diablo son más que evidentes en un importante sector de la ciudadanía catalana. Y eso sería permitir a los separatistas que arrasasen en las urnas.
Sergio Fidalgo
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