La farsa protagonizada el 10 de octubre en el Parlamento de Cataluña por Carles Puigdemont no puede sorprender a nadie que siga la trayectoria del nacionalismo en los últimos años: un sí pero no, un quiero y no puedo, que ha culminado en el esperpéntico espectáculo con el que se ha puesto broche final a ese peculiar modo de hacer política consistente en hacer como si los deseos fuesen realidad.
Pero lo realmente llamativo no es esta inversión del mundo real a la que el nacionalismo nos tiene acostumbrados, sino la inmensa cobardía con que sus más destacados líderes suelen conducirse. Artur Mas se escudó detrás de supuestos voluntarios para eludir su responsabilidad en la organización del referéndum ilegal del 9 de noviembre. Carles Puigdemont se ha sacado de la manga la declaración de la señorita Pepis, una declaración de independencia que ha batido el récord Guiness de brevedad pues solo ha durado el tiempo requerido para pronunciarla.
Carles Puigdemont podría haber cumplido con su palabra, inmolarse como un héroe antiguo y pasar a ocupar un lugar privilegiado en la historia del martirologio nacionalista. En su defecto, podría también haber optado por aparcar la pasión, guiarse por la razón y, con no menos coraje, reconocer que el referéndum fue una farsa, que el cómputo de votos carece de validez y que, aunque no fuese así, un supuesto 38% de ciudadanos no pueden imponer su criterio al resto, salvo que no importe provocar una inmensa fractura social, sobre todo después de la gigantesca manifestación a favor de la unidad de España que abarrotó el domingo las calles de Barcelona.
Tanto para lo uno como para lo otro se requería coraje, pero Carles Puigdemont, como antes Artur Mas, prefirió el sí pero no, tirar la piedra y esconder la mano, hacer como si, jugar a hacer creer que declaraba la independencia, pero sin declararla. No sé yo como podrá este hombre mirar a partir de ahora a los ojos de esa pobre gente que creyó en sus palabras hasta el punto de dejarse utilizar como escudos humanos de aquellos contenedores de plástico que tenían por urnas. Debe ser duro para aquellos ancianos que lloraban de emoción al emitir el “voto de su vida” reconocer que les han tomado el pelo, que todo fue una comedia en la que se les asignó el papel de comparsas. No sé yo si estarán dispuestos a seguir haciendo como si la ficción fuese realidad, a seguir fingiendo que creen en que, tras la extraña suspensión que ha seguido a la instantánea independencia, aguarda —¡ya si, ahora si!— la Arcadia feliz de una Cataluña nuevo estado europeo.
El 10 de octubre debía ser un día solemne e histórico, el día en que un Carles Puigdemont pletórico sería elevado a los altares de la nación tras realizar la sagrada declaración de independencia de Cataluña; en lugar de eso un Carles Puigdemont hundido en su escaño, la mirada baja, abatido, tenso y avergonzado lo arruinó todo y firmó su partida de defunción política.
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