Una crónica personal de la entrega del premio a la Tolerancia a Ana Moreno, “la madre de Balaguer”

Ana Moreno y Eduardo López-Dóriga

Como ya saben los lectores de elCatalán, en su vigésimotercera edición, el galardón a la Tolerancia recayó en Ana Moreno Molina, la “madre de Balaguer” (madre coraje, cabría decir), tristemente célebre por haber sido objeto de una persecución inaudita por el mero hecho de haber solicitado (y haber persistido en su solicitud contra toda la fuerza de la comunidad nacionalista) aquello a que la ley le daba derecho: un 25% de la enseñanza para sus hijos en su lengua materna, el español (25% que representa en la práctica una sola materia, además de la de lengua española).

Según explicó Eduardo López-Dóriga, presidente de la Asociación por la Tolerancia, al inaugurar la ceremonia, a través de la figura de Ana Moreno y de lo que representa se había querido rendir homenaje a todas aquellas familias que, con muchas dificultades y no menos sacrificios, han luchado por conseguir lo que el catalanismo defendió mientras le convino: la primera enseñanza en lengua materna (española, en este caso).

La reivindicación de este derecho les obligó a emprender, sin pretenderlo, una tarea de héroes al tener que enfrentarse al pensamiento oficial y socialmente dominante. Esto es, a aquel axioma según el cual la inmersión lingüística obligatoria en catalán es una conquista irrenunciable (además de un “modelo de éxito”, según se repite hasta la saciedad sin aportar jamás prueba alguna), del que –según hipótesis falaz– dependería la supervivencia del catalán como lengua.

Al mismo tiempo, se quiso igualmente celebrar el concurso, en este combate desigual, de diversas asociaciones que, como la Tolerancia misma, han respaldado y orientado a estas familias en el laberinto de los procesos judiciales y en el driblado de las interminables trabas administrativas con que la administración catalana ha tratado de disuadirles de su objetivo (además, de desoír hasta el delito las diversas sentencias que se han dictado en su contra). Una parte del numeroso público asistente formaba parte de estos dos colectivos, familias y asociaciones, razón por la cual en la edición de este año el clima de la ceremonia de entrega fue al mismo tiempo de camaradería y sumamente emotivo.

Tras enumerar las razones que para el Jurado concurrían en la persona de Ana Moreno como merecedora del Premio (y que pueden leer aquí), Eduardo López-Dóriga procedió a hacer una enumeración de las personas cuyos combates merecían una especial mención y de las asociaciones que, en su orden histórico, habían ido tomando el relevo de su orientación y tutela. La historia se remonta a la Cervantina (Acción Cultura Miguel de Cervantes) primer germen de la resistencia organizada contra la imposición abusiva del catalán. De ella nacieron casi al mismo tiempo la Asociación por la Tolerancia y CADECA (Coordinadora de Asociados en Defensa de la Lengua Castellana).

De Tolerancia surgió la Asociación de Profesores por el Bilingüismo (APB). Estas entidades se sumaron a otras para constituir la coordinadora Convivencia Cívica Catalana (CCC) que años más tarde pasaría a trabajar (con tesón y mucho éxito) como una asociación más. Más recientemente, se han incorporado a esta lid otros grupos como Impulso Ciudadano, la Asamblea por una Escuela Bilingüe (AEB) y Sociedad Civil Catalana (SCC). La mención de cada uno de estos hitos arrancó aplausos del público. En nombre de AEB, Ana Losada, su presidenta, narró su intervención en el caso de la homenajeada.

Por confidencialidad y respeto, omitimos los nombres de las personas y familias que fueron mencionadas por la relevancia de sus historias, generalmente –aunque no todas– de éxito (relativo). Haremos una excepción con una madre a la que llamaremos “Encarna”, a cuyos hijos sordomudos la administración les negó repetidamente la asistencia de logopedas en español, su lengua familiar, contra toda recomendación de los especialistas. Un ejemplo sangrante y extremo de lo que supone primar un objetivo político (no otra cosa es la inmersión obligatoria) por encima del bienestar de las personas. No es necesario mencionar con cuanto cariño fueron acogidos cada uno de estos relatos, cuyos protagonistas estaban en la sala.

Para indicar una nueva perspectiva de futuro, se abrió un pequeño paréntesis para que Marita Rodríguez, durante varios años presidenta de Tolerancia, explicara el proyecto de Hablamos Español, un grupo constituido por entidades de las distintas comunidades autónomas con más de una lengua oficial. Como primera línea de actuación, Hablamos Español ha presentado al Congreso una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) consistente en una ley que regularía la enseñanza del español en todo el territorio nacional y que se atiene rigurosamente al principio de libertad de elección. La ILP ha sido ya aceptada por el Congreso y en este momento se está a punto de iniciar el proceso de recogida de las 500.000 firmas necesarias para que el Parlamento la discuta. Solicitó colaboración para alcanzar este objetivo.

Finalmente se procedió a la entrega del Premio y se dio la palabra a Ana Moreno quien, visiblemente emocionada, contó su peripecia personal junto con sus motivaciones, sus reflexiones, sus emociones y sus razones. Contó cómo su solicitud de enseñanza en español provocó de inmediato la coerción de las autoridades educativas del centro escolar para disuadirla de su “osadía”, cómo, ante su persistencia, estas fueron seguidas de amenazas e insultos por parte de otras familias, cómo se extendieron posteriormente a un boicot a su negocio y a convocatorias de concentraciones para condenar su actitud.

Autoridades “educativas”, asociaciones de padres del colegio y de otros colegios, partidos políticos, sindicatos y meros vecinos, todos contra ella. Cómo tuvo que cerrar y vender su negocio, trasladar a sus hijos a otra escuela de pago fuera de Balaguer, buscar otro trabajo… Todo por solicitar algo a lo que la Ley le da derecho, la Justicia reconoce, y la ciencia y el sentido común recomiendan. Por fortuna, Ana Moreno, que irradia energía a su alrededor, se mantuvo firme en aquello que siempre consideró lo mejor para sus hijos y, pese a las tormentas emocionales por las que tuvo que pasar y los momentos de desaliento y de frustración que supone verse expulsado de la comunidad, hoy lo da todo por bien empleado.

Como no podía ser menos, Ana fue recibida con un fortísimo aplauso y despedida con una ovación cerrada con todo el público puesto en pie.

En definitiva, una ceremonia memorable y muy emotiva, que generó en los asistentes esa satisfacción especial que provoca el sentimiento compartido. Una euforia reparadora muy necesaria en uno de los días más vergonzosos y tristes por los que hemos tenido que pasar los ciudadanos catalanes.

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