Doce meses después de su llegada al Palau de la Generalitat, el socialista Salvador Illa ha demostrado que gobernar es mucho más difícil que hacer oposición. Su primer año como presidente deja un sabor amargo entre gran parte de la ciudadanía catalana, que esperaba un giro de rumbo tras años de tensión política, pero que ahora se enfrenta a una realidad más insegura, más confusa y con pocas mejoras tangibles.
Uno de los principales puntos débiles del mandato de Illa ha sido, sin duda, la seguridad ciudadana. Barcelona y otras grandes ciudades catalanas han experimentado un aumento preocupante de delitos violentos, robos con violencia y ocupaciones ilegales. Las estadísticas son contundentes, pero más allá de los números, lo que cala es la sensación de impunidad en las calles. La respuesta del Govern ha sido tibia, cuando no directamente inexistente.
Durante la campaña, el líder del PSC prometió recuperar la autoridad del Estado de derecho en Cataluña y garantizar la seguridad de todos los catalanes. A día de hoy, esas palabras resuenan vacías. El refuerzo de los Mossos d’Esquadra no ha llegado, la coordinación con la policía local es deficiente, y las bandas organizadas actúan con una libertad alarmante. La inseguridad ya no es una percepción: es una evidencia diaria para miles de ciudadanos.
En sanidad, uno de los temas que más dominaba Illa por su pasado como ministro, la gestión tampoco ha cumplido expectativas. Las listas de espera en atención primaria y especialidades siguen en niveles inaceptables. Los profesionales sanitarios denuncian falta de recursos y planificación, mientras que los ciudadanos perciben un sistema colapsado y sin dirección clara.
La convivencia, que debía ser uno de los ejes centrales del nuevo Govern, no ha mejorado sustancialmente. Aunque el tono institucional ha cambiado respecto a anteriores gobiernos separatistas, los gestos simbólicos han primado sobre las soluciones reales. El diálogo ha quedado en declaraciones bienintencionadas, pero sin resultados visibles.
A estas alturas, Illa ya no puede escudarse en la herencia recibida. Ha tenido margen para demostrar capacidad de gestión y liderazgo, y el balance es decepcionante. Su perfil técnico y moderado no ha bastado para transformar la realidad. El Govern navega sin rumbo, atrapado entre una agenda política ambigua y una gestión que no conecta con los problemas cotidianos de los catalanes.
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