Una mirada retrospectiva siempre tiene un valor añadido por cuanto uno va más allá de los acontecimientos tal y como se produjeron, para ahondar en cómo se vivieron. Estuve allí en el tramo final de la huida hacia delante del proceso rupturista de la concordia que trajo la Constitución de 1978 y sin duda alguna allí se quebró irremisiblemente. La vigencia hoy de los valores superiores que la alumbraron es pura ensoñación.
Las condiciones políticas y económicas que procuran la igualdad entre españoles no existe y por esa razón nuestra Carta Magna es papel mojado. Empíricamente, la concesión de los indultos a los sediciosos separatistas se erige en el punto final de la destrucción de la convivencia a la que me refiero. Viví intensamente las algaradas y motines en el Parlament de Cataluña en las que se vilipendió y se horadó el sistema democrático constitucional, afrontamos con civismo y compromiso los constantes embates a nuestros derechos parlamentarios en nombre de aquellos a quienes representábamos, y estaba convencido de que el Estado de Derecho daría cumplida respuesta para restaurar la legalidad.
Hoy todo se ha desmoronado. El Gobierno de España con la puesta en libertad de los condenados en firme por el Tribunal Supremo ha liquidado la democracia y ha traicionado a los que lucharon por ella. El perdón al que apela Pedro Sánchez no es monopolio suyo sino que pertenece al conjunto ciudadano porque los ofendidos fuimos todos los españoles, y aunque reconozco que algunos quieran otorgarlo, la mayoría no está por la labor.
Una decisión de tanta trascendencia corresponde tomarla cuando su respaldo es igualmente contundente. Ese ánimo no anida en el conjunto del pueblo español. Ya hemos visto el afán conciliador de los excarcelados, ya hemos oído el compromiso con la ley de los que piden referéndum de autodeterminación e impunidad para los violentos delincuentes que refrendaron sus designios políticos. Ya se atisba la vuelta impune de los prófugos de la Justicia. Tenemos en ciernes un nuevo desafío del que ya no saldremos airosos.
Y es que hemos perdido el relato de la coherencia, la credibilidad y la defensa de nuestra integridad territorial fortaleciendo a los que siguen atacándola en franca minoría. Hemos fraccionado la soberanía nacional en compartimentos estancos e insolidarios. Hemos consagrado la diferencia por encima de la unidad. Frente a eso, demolida la idea de Justicia encarnada en dar a cada uno lo suyo, reincidir en el delito es sólo cuestión de tiempo.
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