Supremacismo

Reconozco que estoy preocupado por el devenir de los acontecimientos, a tenor de las numerosas situaciones de riesgo que, día a día, llegan a nuestros correos electrónicos, redes sociales o se comparten en los omnipresentes grupos de whatsapp.

Como una reflexión de carácter personal, relacionada con toda esa infinita información que nos brinda la era de la hipercomunicación, considero importante no perder de vista que el civismo de cualquier ciudadano con sentido común, quitando basura amarilla que ensucia, mancilla y humilla nuestros espacios públicos, o liberando calles o plazas de placas que alteran el nomenclátor callejero al son de la imaginación paranoica de los naZionalistas, o depurando de morralla las playas de todos, o liberando nuestros montes de trapos y simbolismo neofascista; rivaliza y entra en conflicto con el comportamiento fanático y supremacista implícito de esas mentes que, desgraciadamente, dan sentido al aludido riesgo.

También es oportuno tener en cuenta que el virus, común en apoltronados en despachos, en fugados o ejemplares que esperemos estén mucho tiempo a buen recaudo, es extensivo a un nutrido público aleccionado por televisiones, medios, escuelas y voces de impresentables que han sabido condicionar y fanatizar su comportamiento.

Esa muchedumbre zombi pululante por unas calles que creen suyas y de los suyos, muchas veces con salvaguardia y complot de los que deberían asegurar la convivencia y el cumplimiento de la legalidad, son un latente factor de riesgo supremacista que podría llegar a prender una peligrosa mecha.

Ni mucho menos obra a favor el claro posicionamiento y la parcialidad institucional, que se ha postulado comprensiva con colgajos en ayuntamientos, es permisiva ante carteles prodelincuentes presos, o aplica sanciones a los que limpian de basura las calles mientras homenajea a los que la ensucian.

Todo ello arropa un interés por arrinconar al que no habla el que dicen es su idioma, insultar al que no comulga con su secta, minusvalorar al que no le ríe sus chistes o ningunear al que no se arrodilla. Estamos ante un verdadero problema de convivencia.

Todos hemos podido vivir alguna situación en la que el mencionado supremacismo, que va incrementándose paulativamente por la inacción de unos y el apoyo de otros, sale a la luz. En ese sentido quiero aprovechar para poneros un ejemplo, de una vivencia personal, en el que queda patente la conducta de unos frente a la educación de los otros.

Por motivos laborales soy frecuente usuario del puente aéreo Madrid-Barcelona. He visto de todo, pero quiero poner en valor un par de situaciones que denotan claramente lo que es el abuso de la raza superior. Siendo conveniente matizar, para entenderlo mejor, que por puras razones de índole ergonómica suelo elegir plaza en la fila de emergencia en turista, adecuada para los que disponemos de fémur largo.

Fue la semana pasada cuando tuve delante mío, en turista y junto a su equipo de 4 personas, a un ministro del actual Gobierno de España. Acabado el embarque, una azafata se le acercó para ofrecer a todo el equipo espacio disponible en la zona business. La respuesta fue de lo más oportuna, sincera y humilde que se puede esperar de una persona sensata y educada, quedándose en las plazas que tenían asignadas, pese a ser de las justitas.

Esta situación la comparo con la esperpéntica actuación de un diputado supremacista y de izquierdas, aparentemente con ADN más próximo al oso común que, por sus bigotes, hizo levantar a la persona sentada a mi derecha, en la fila con más holgura, para disponer de una butaca a la que no pudo acceder en la asignación de asientos.

Deciros que el caballero a mi lado cedió, quedándome la duda del retraso que podría haber acumulado el vuelo sí, en su lugar, me hubiese tocado a mí ceder ante dicho comportamiento supremacista del que, dicen, tiene el ADN evolucionado.

Javier Megino


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