Sobre Gandhi

Creo que Gandhi es el personaje histórico que más palos recibió durante toda su vida. Palos y tiros, porque lo dejaron seco con tres pistoletazos una mañana de enero, antes de rezar sus oraciones.

Traigo a colación a este hombre porque fue el padre de la resistencia pasiva, esa que ahora dicen haber puesto en práctica mis compatriotas ‘indepes’ catalanes frente a la Policía y frente la Guardia Civil, mientras estos los corrían a palos por toda Cataluña. Cosa que tampoco ha sido así, sabiendo que es muy difícil no volverse contra quien te da con una porra en la cabeza. Novecientos apaleados de diversa gravedad el 1-O, y bastantes heridos también, sin determinar el número, entre las fuerzas de seguridad del Estado.

Como siempre, a mis hermanos de sangre, los independentistas catalanes, les ha faltado más estudio y una mayor concienciación. Podrían haber promovido masivas huelgas de hambre de hasta veinte días para conseguir un efecto mucho más impactante. Se podían haber encerrado, tal y como lo hacían Gandhi y sus seguidores con un buen número de periodistas y no ingerir ni un solo gramo de harina durante el máximo de tiempo. Y desde luego debían haber obviado el cerco constante a la Policía, limitándose a manifestaciones pacíficas de verdad, y no a propiciar el juego de arrancar coles, en donde unos estiran y otros vuelan.

Decir que en Cataluña se ha instaurado una lucha pacífica y eludir las palabras, violencia pura y dura, violencia psíquica o coacciones, creo es ir demasiado lejos. La lucha jamás puede ser pacífica. Lo prueban los cercos, las agresiones y también la resistencia. El hecho simple de la provocación a la violencia del otro es un arma temible que obliga a actuar. Es posible que en inferioridad de condiciones, pero no deja de ser un acto violento que provoca más violencia.

Inundar la ciudad de Barcelona con tractores es una acción violenta, más sabiendo que la circulación de esos monstruos mecánicos está prohibida desde siempre en el casco urbano. Pero los dejaron pasar y pasaron. Ni la guardia de tráfico ni los Mossos los detuvieron a las afueras de la ciudad.

Señalar a quienes no piensan como ellos es un acto de violencia separador y de terrible coacción; o eres de los míos o te apunto en una lista y ya veremos lo que pasa. Crear páginas o webs para encontrar a todos aquellos que no desean hablar o rotular en catalán en sus comercios, hacer fuerza sobre ellos despreciando su libertad o amenazarlos y coaccionarlos, es ejercer un acto de violencia psíquica extrema sobre las personas.

Dirigir consignas a la población civil pidiéndole su participación para invadir aeropuertos, los puertos de Tarragona y Barcelona, la amenaza de invadir organismos oficiales con la piel de cordero de la no violencia y apelando a Gandhi, es un acto de extrema violencia, de incitación a la rebelión.

Mentir, saltarse la Ley, imponer criterios, despreciar mayorías y mantener que “el fin previsto justifica cualquier medio”, es hacer una tremenda violencia sobre las personas que no están de acuerdo con estas medidas. Pretender que “todo vale” con el fin de que unos pocos se salgan con la suya, es una imposición violenta que nada tiene que ver con Gandhi, sino con el más acérrimo totalitarismo.

Inventar consignas contra la población discrepante, acusarlos, vejarlos en público, acosarlos, llamarlos fachas a todos englobándolos con epítetos franquistas, es ejercer presión y violencia sobre quienes piensan diferente.

Y en capítulo aparte manipular a los niños restándoles albedrío y voluntad en las escuelas, es ejercer violencia extrema creando sujetos que nunca tendrán derecho de decisión (ese que todos reclaman) porque otros ya habrán decidido lo que deben ser, y se lo habrán inculcado con fuego.

Si a esto le añadimos las arengas que desde los púlpitos cristianos realizan los partidarios convencidos de la política extremista (que no deja de ser otra religión), veremos dónde nos situamos por fin, porque la violencia nos llega por todas partes. Y es que, a pesar de Gandhi, siempre existe violencia desde el momento en que uno quiere imponerse a otro.
Hablamos de la violencia de género y nos olvidamos de las presiones y coacciones que los disidentes recibimos cada día de nuestros opresores. Vivimos oprimidos, sin apenas pronunciarnos, acobardados por las consecuencias de lo que representa ser un disidente en este momento.

Y quienes se levantan y hablan hoy, son amenazados, coaccionados y destruidos, pues nada debe impedir que este nuevo mensaje antidemocrático se abra paso con el fórceps obstétrico de la mentira, el totalitarismo y también la violencia.

Gandhi se hubiera llevado las manos a la cabeza si hubiera visto la forma en que ha acabado empleándose su nombre. No murió para esto. Él predicaba la no violencia y esto, es violencia en estado puro. Tal vez no sea la violencia que todos conocemos, pero es su antesala. También los nazis hicieron su propaganda antes de afianzarse en el poder, y los estalinistas, y cualquiera que, en vez de respetar la opinión del otro esté empeñado en imponer la suya.

Pero no queda otro remedio que acabar. Las aguas deben volver a su cauce y el contexto democrático debe ser restablecido. Mientras nuestras empresas huyen, mientras la sombra se cierne sobre Cataluña, hay que seguir hablando claro y denunciando esta gravísima extorsión intelectual. Y aunque nos cueste, aunque nos señalen, jamás renunciar a hablar en libertad.

Ramón Fanés

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