No crean que escribo estas líneas en un arrebato de fervor partidario. Nada de eso. Las frases que vienen a continuación no son de halago, son de reconocimiento. Un reconocimiento a una forma de explicar posiciones políticas sin ambigüedades ni concesiones a la galería.
En las intervenciones de esta diputada socialista no hay trampa ni cartón, no hay pensamientos agazapados ni voluntad de confundir. Me encanta la forma directa y concisa que emplea Eva Granados para explicar lo perniciosas que son, para Cataluña y España, las políticas que destilan los partidos nacionalistas. Lo ha hecho, y lo hace, sin necesidad de enarbolar otras banderas e identidades, lo consigue desde un discurso social exento de demagogias y frases huecas.
Y es que, amigos, el rigor conceptual que emplea esta mujer no tiene nada que ver con el estilo melifluo de otros actores del sainete catalán. Es de lo mejorcito que ha parido un Parlament que rebosa mediocridad por los cuatro costados. Pero no crean que me dejo llevar por extrañas simpatías o afinidades, no. Les diré, por ejemplo, que me encanta la educada ironía de Alejandro Fernández y que aprecio la valentía de algunas de las salidas correosas de Carlos Carrizosa. También les confieso que no me importaría charlar largo y tendido con Jéssica Albiach; creo que coincidiríamos en un montón de cosas.
Harto difícil lo tendría un servidor de ustedes para congeniar con la señora Borràs, no soporto la desfachatez de los endiosados. Vuelvo al principio, la nitidez y el rigor del mensaje de Eva Granados, respecto a lo que sucede en Cataluña, debiera servir de ejemplo tanto para amigos, como para adversarios.
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