
La asociación juvenil constitucionalista S’ha Acabat! ha denunciado en sus redes sociales cómo el separatismo más asilvestrado ha manipulado las fiestas mayores de Amer (Gerona), la localidad natal del prófugo de Waterloo, Carles Puigdemont. Y ha difundido dos fotografías en las que se dos pancartas, una con el Rey Felipe VI boca abajo y otra con la inscripción «Puta España» en docenas de idiomas. La alcaldesa, María Rosa Vila, es de Junts.
Este acto no ha sido aislado. En Vilanova i la Geltrú, durante otra festividad reciente, se repitió un gesto similar con otra pancarta con la foto de Felipe VI boca bajoa, confirmando que determinados sectores fanáticos utilizan los espacios populares como escenario de confrontación. La fiesta, que debería unir a vecinos y visitantes en torno a la cultura y las tradiciones, se transforma en un altavoz de tensiones que nada tienen que ver con su esencia.
Estos episodios reflejan cómo las fiestas mayores se están convirtiendo en plataformas para el conflicto político por culpa del separatismo. Al transformar símbolos folklóricos en herramientas propagandísticas, se debilita la función de cohesión social que tales celebraciones deberían fomentar. Lo que era un espacio para la convivencia se convierte en escenario de mensajes ideológicos excluyentes.
La instrumentalización partidista no solo perturba la atmósfera festiva, sino que genera divisiones entre vecinos. La irreverencia política en actos populares, como el despliegue de símbolos controvertidos o el aprovechamiento de presencias oficiales, fractura a comunidades que buscan preservar su identidad sin caer en la polarización.
El resultado es una creciente desafección. Muchos ciudadanos perciben estas acciones como un desprecio hacia la diversidad de opiniones y como una falta de respeto hacia quienes acuden a las fiestas con ánimo de unión, no de confrontación. La identidad local, en lugar de ser celebrada, queda reducida a un campo de batalla simbólico.
Es urgente recuperar el espíritu genuino de las fiestas mayores: espacios donde la música, los bailes, la gastronomía y el barrio sean los protagonistas, no el altavoz de corrientes ideológicas. La pluralidad debe prevalecer, y cualquier intento de instrumentalización política debería quedar fuera de lo festivo, para preservar su carácter integrador y comunitario.
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