El Palacio de la Moncloa ha decidido que la política exterior española sea el nuevo campo de batalla para sus intereses partidistas. Pedro Sánchez no duda en dinamitar décadas de prudencia diplomática con Israel con tal de blindar su precaria mayoría parlamentaria. Al utilizar términos incendiarios como ‘genocidio’ y cesar a nuestra embajadora en Tel Aviv está dinamitando unas relaciones con un país que tiene fuertes lazos con España.
Esta estrategia de ‘consumo interno’ tiene un coste altísimo para la credibilidad de España en el mundo. Sánchez ha transformado una cooperación histórica en un choque abierto que nos aísla de nuestros aliados occidentales. No se trata de una defensa de los derechos humanos, sino de una agenda personal que prioriza el titular fácil sobre la seguridad jurídica y el prestigio internacional.
Mientras Sánchez desempolva el viejo lema del ‘No a la guerra’ para desviar la atención de sus escándalos domésticos, la diplomacia hebrea ya informa a nuestros socios sobre la deriva peligrosa de nuestro Gobierno. España está dejando de ser un interlocutor fiable en el Mediterráneo para convertirse en un actor secundario y ruidoso.
Al gobernar por decreto y criminalizar el comercio con una potencia tecnológica como Israel, se pone en riesgo la estabilidad de empresas multinacionales con sede en nuestro país. Gigantes como ‘Airbus’ se ven obligados a pedir exenciones para no romper sus cadenas de suministro, demostrando que la ideología de Sánchez choca frontalmente con la realidad económica y la seguridad nacional.
Es lamentable observar cómo el PSOE ha permitido que la política exterior sea dictada por las exigencias de ‘Sumar’ y otras fuerzas secesionistas. Sánchez ha preferido alimentar una narrativa divisiva antes que mantener la equidistancia necesaria en un conflicto tan complejo. Al final, lo que queda no es una paz más cercana, sino una relación bilateral en ruinas y una España mucho más débil en el tablero global.
En definitiva, estamos ante un ejercicio de supervivencia política que utiliza la diplomacia como moneda de cambio. A Sánchez no le importa que su actitud sea vista como una ‘vergüenza’ internacional mientras logre mantenerse un día más en el poder. El daño a la marca España y a nuestras relaciones estratégicas tardará años en repararse, todo por la ambición de un presidente que ha decidido jugar con fuego en el escenario más peligroso del mundo.
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