Uno de los columnistas estrellas del diario ABC, Salvador Sostres ha puesto en evidencia la hipocresía de buena parte de la sociedad catalana, que ha permitido y alentado que los separatistas, y otros colectivos radicales, ocuparan a su antojo la vía pública cuando le apetecía, y que el pasado jueves protestó por el comportamiento de los hinchas alemanes del Eintracht de Frankfurt en las calles de Barcelona.
El pasado jueves cerca de 35.000 hinchas alemanes acudieron al Camp Nou y a sus aledaños, dado que varios miles de ellos no tenían entradas, para animar a su equipo en el partido de vuelta de los cuartos de final de la Europa League, que se saldó con un 2-3 en el marcador, y la consiguiente eliminación del Fútbol Club Barcelona tras el 1 a 1 conseguido en la ida.
En los prolegómenos del partido miles de hinchas alemanes cortaron la Avenida Diagonal y otras calles aledañas en su marcha hacia el estadio azulgrana, dejando detrás suyo un reguero de desechos y de material urbano vandalizado. Sostres, que es un reconocido seguidor del Barça, denuncia el doble rasero de algunos catalanes en una columna publicada en ABC este sábado titulada «El Barça vendió el Camp Nou».
«En la misma proporción, la indignación porque la hinchada del Eintracht cortara en su ebrio deambular, previo al partido, calles tan importantes como la Diagonal, constituyó una mayúscula demostración de cinismo en una ciudadanía que por cada una de sus reclamaciones –desde la independencia de Cataluña hasta las reivindicaciones ecologistas, pasando por toda cuanta exhibición sindical, estudiantil o antisistema– ha cortado las calles y plazas que ha querido, por cualquiera que haya sido su voluntad o capricho, y ante la más absoluta pasividad policial», asegura Sostres.
Además, recuerda la inseguridad y el poco respeto a la Ley que existe en Barcelona desde que gobierna la ciudad Ada Colau, que ha hecho de la «desobediencia» uno de sus ejes de actuación frente a otras administraciones, como el Gobierno central o los tribunales de justicia: «Una vez más, es perfectamente lógico y comprensible que los alemanes tuvieran la sensación de que Barcelona es una ciudad sin Ley, en la que el vandalismo, la okupación y el uso al antojo de cada cual del espacio público son las pautas de conducta».
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