La transformación del PSC bajo la presidencia de Salvador Illa ha sido silenciosa pero contundente: lo que era un partido que decía ser constitucionalista se ha deslizado hacia una lógica nacionalista teóricamente revestida de moderación y pragmatismo. Se ha quitado la careta y ha abandonado cualquier tentación de representar a los catalanes antiseparatistas.
Desde su llegada al Govern, Illa ha apostado por pactos extensos con fuerzas independentistas y ha llenado el Govern con rostros que proceden directamente de Junts o ERC, en una operación diseñada para erigir el partido socialista como nuevo “eje nacionalista” en Cataluña. De ahí los fichajes de, entre otros, Miquel Sàmper – consejero de Empresa -, Francesc Xavier Vila – consejero de Política Lingüística – o Sonia Hernández – consejera de Cultura -.
De forma premeditada, Salvador Illa ha buscado convertir al PSC en el pal de paller del catalanismo contemporáneo, replicando el modelo de Jordi Pujol. Esa deriva no se limita al organigrama o los pactos: se traslada al ámbito simbólico y cultural.
El lanzamiento en mayo del Pacte Nacional per la Llengua por parte de Illa —que plantea destinar grandes sumas públicas a fomentar el uso del catalán— muestra una estética identitaria calcada del independentismo de antaño, con retórica de “proyecto de país” y el catalán como “eje vertebrador”, en una apelación al nacionalismo que ya no resuena como mera protección cultural, sino como hegemonía estatal.
Esa tensión se extiende al modelo mediático y financiero: el Gobierno de Illa ha incrementado notablemente las subvenciones a prensa en catalán y aranés, elevándolas a cifras millonarias en un giro que algunos interpretan como un reforzamiento del discurso separatista mediante clientelismo informativo. No se trata solo de fomentar la lengua, sino de moldear el entorno mediático hacia una narrativa monocolor.
Y sin embargo, Illa mantiene el relato de ser un constitucionalista reformista, un “pujolismo 2.0” que busca modernizar España desde Cataluña. Su discurso combina respetabilidad institucional con reivindicaciones típicas del separatismo, como una nueva financiación singular, procurando deslizar un discurso catalanista moderado pero eficaz, alejado del enfrentamiento, pero consciente del poder simbólico del nacionalismo.
Los ecos más críticos hablan incluso de traición a su base electoral. Aquellos votantes que acudieron al PSC como alternativa al independentismo se sienten ahora descolocados, viendo al partido abrazar estrategias que antes consideraban exclusivas del soberanismo. Y aunque Illa se presenta como puente, muchos lo interpretan como una construcción calculada para el poder, más que una convicción ideológica.
En definitiva, la presidencia de Illa marca una etapa donde el PSC se ha convertido en el partido del separatismo domesticado: sigue su agenda política, pero sin quemar contenedores ni recurrir al maximalismo verbal. Su camino hacia el poder pasa por asumir banderas y prácticas que antaño le eran antitéticas.
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