Un año más, acaba de pasar “La Fiesta Nacional de la Diada” dejando su estela de reivindicaciones y rememoración de agravios históricos en Cataluña. Todo ello según la versión nacionalista de la fiesta. El tema es tan repetitivo, en medio de un ambiente de enroques y oídos sordos que, a muchos, incluso a los nacionalistas, llega a aburrir.
Personalmente me tomo con respeto los sentimientos de los nacionalistas (tengo amigos, muy queridos, que lo son de una manera emocional irrevocable: como se siente el amor, sin argumentos); y si atenderlos fuera la solución del problema, y estuviera en mi mano, hace tiempo que les hubiera dado “la independencia”. Pero eso no es posible sin herir otros sentimientos igualmente respetables, así que por ahí no va el camino. La ruptura provocaría mucho dolor, no solucionaría nada. No por ser nación independiente se solucionan mágicamente los problemas, como demuestra la realidad, sino con el trabajo y la cooperación; porque la división, por lo general, empobrece y debilita. Así que en mi horizonte vital espero que nos acabaremos encontrando en España y en Europa, porque de lo contrario, otros nos acabarán marcando el paso, y no será desde Madrid ni desde Barcelona.
Lo anterior me sirve para establecer la actitud con que leo un twitter del periodista Jordi Palmer, que dice: “Per fi una mica de seny. Espanyolistes que admeten que la Diada mai va a ser seva.” Me suena como un lamento. Como alguien sentido porque no se ha aceptado algo muy suyo que hemos rechazado menospreciándolo. Demostrando insensibilidad.
Lo que afirma es muy cierto, y me parece importante profundizar en su queja porque es de las cosas que explican la situación actual.
En primer lugar, cuando se pretende que una fiesta sea de toda una comunidad, lo que se debe hacer, si se quiere realmente lograr el objetivo, es buscar lo que esencialmente se comparte por la mayoría. No será difícil si realmente se es comunidad. Eso excluye elegir una fecha que fuera la de una batalla de una guerra civil, como fue La Guerra de Sucesión española, que enfrentó, no sólo a españoles y a otros, sino también a catalanes entre sí. Además, si la batalla se perdió, conmemorar esa fecha sólo puede tener connotaciones victimistas, del tipo: nosotros éramos los buenos (y por extensión, vosotros no). Eso ya divide a la gente. A parte de lo ridículo de reivindicar razones morales superiores en una guerra de disputa del trono, de hace 300 años, entre dos de sus aspirantes, qué poco se preocupaban entonces por los derechos de nadie, salvo de los suyos, que como se sabe, venían de Dios.
En segundo lugar, otra condición indispensable, si se quiere que la fiesta sea de todos, es evitar politizarla por todos los medios. En una sociedad sana, las diferencias políticas son lo natural (no así en las dictaduras), y pretender barrer para tu casa, con la excusa de la fiesta, es una jugada sucia, que, de tener éxito, excluirá eficazmente a todas las opciones no representadas. Tanto más, si son voluntariamente “invisibilizadas”, como en la práctica se hace en Cataluña, intentando transmitir la imagen de que en esta Comunidad todo el mundo participa de la ideología que controla los hilos, y el dinero, del poder político. Vamos, que sería de tontos participar en tu propia exclusión.
Y de ambos defectos inexcusables adolece la Diada (hay más, pero menos significativos, como por ejemplo homenajear a un señor que luchaba –también contra otros catalanes- por su particular preferencia en el candidato, y curiosamente, por España). Y todo esto no es por casualidad, sino por decisiones muy meditadas con evidentes intenciones partidistas que perjudican gravemente los derechos, estos sí, actuales, de muchos catalanes, directamente, y de todos indirectamente. Así que no intentemos engañar a la gente y elijamos entre el sentido común o el cinismo. La Diada es la fiesta “nacional” de los nacionalistas. Y sólo de ellos. Y tras su deriva secesionista es, además, un montaje contra toda la población que no lo es, y por extensión, contra el resto de España.
No tengo nada contra que se celebren actos reivindicativos dentro de la ley y donde se quiera (pagando los interesados), pero las reivindicaciones son de colectivos que se sienten discriminados de alguna manera, y una reivindicación justificada es algo serio, no una fiesta. Y si lo es, lo es sólo para los que la sostienen. Así que dejemos de intentar llevar al huerto al personal. En Cataluña tenemos una fiesta (Sant Jordi), que, a pesar de su progresiva politización actual, sí que reúne las condiciones para ser la fiesta de todos. Si no se quiere, ni se hace, es porque eso interesa menos que intentar dar una imagen de una comunidad bajo la careta de una parte de su realidad.
Si buscamos lo que nos une, que es mucho más que lo que nos separa, reforzamos los lazos que sueldan cualquier comunidad y relativizamos las diferencias, que siempre existen. El camino contrario engrandece esas diferencias (el dedo que tapa el Sol), hasta que llega el punto en que parece que no sólo somos extraños, sino enemigos. En medio de esas aguas, nada un ejército de auténticas malas personas que viven de ello muy bien. Mira a tu vecino, de la otra acera política, y verás que sus problemas son muy parecidos a los tuyos. No dejes que te engañen con espejitos ideológicos que te quitan mucho y no te dan nada. Salvo humo.
Por Juanjo Ibáñez
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