
Tras darnos la vara durante meses con los «presos políticos» y de lucir en el balcón de la Plaça de Sant Jaume lazos amarillos y pancartas pidiendo su «libertad» Ada Colau decidió no solidarizarse con ellos durante el debate de candidatos en la televisión municipal de Barcelona.
Ni una triste chapita, al estilo de Saliente (CUP), Artadi (la ex Convergència de Pujol) y Ernest Maragall. Ni un jersey amarillo, al estilo de Cayetana Álvarez de Toledo. Nada que mostrara el enorme dolor que Ada Colau siente por los «presos políticos» a los que tanto ha apoyado durante la etapa final de su mandato.
Porque para Ada Colau no son políticos en prisión preventiva de una justicia democrática, la de España. Son «políticos presos», porque la todavía alcaldesa piensa que en España no hay justicia, y lo ha dicho por activa y por pasiva.
Pero en el debate Ada Colau decidió que mejor que no quedara recuerdo gráfico de su deriva secesionista, que las palabras se las lleva el viento, pero las fotos quedan, y las que son recientes, aún más.
Y tras el batacazo del secesionista Jaume Asens, que se dejó cinco escaños en el Congreso de los Diputados por el camino, Ada Colau ha descubierto las virtudes de la equidistancia.

Ernest Maragall, antaño socialista, ha hecho el camino contrario. Hasta su bolígrafo es amarillo. Y no llevó la chaqueta del mismo color, al estilo de Xavier Sala-i-Martín, porque le hubiera quedado un aspecto de clown siniestro digno de una novela de Stephen King.
El momentazo de la noche fue escuchar a Pitita Artadi, lo más parecido a una chica ideal de la calle Serrano a la catalana, hablar de los «pobres». Cada vez que la candidata de la enésima mutación de la Convergència pujolista hablaba de «pobreza» en Barcelona moría un gatito. Por su culpa anoche hubo luto en la sede del PACMA.
Colau salió viva del debate. Y eso es mucho teniendo en cuenta que la ciudad está moribunda tras cuatro años de no gobernar. Pero el formato permitía las escaramuzas laterales, y la alcaldesa no se metió en más jardines de los imprescindibles.

Daba risa escuchar el discurso antisistema de Anna Saliente con su aspecto de chica vestida en la sección joven de Galerías Preciados. El hábito no hace al monje, pero era curioso escuchar el mismo discurso de David Fernández o Eulàlia Reguant en boca de la que parecía portavoz de las juventudes del Partido Aragonés Regionalista.
Eso sí, Saliente dejó encantada a su parroquia. Su discurso era tan flipado como el del resto de su formación, pero fue defendido con vehemencia y solvencia. Fue la sorpresa dialéctica del debate.
Collboni y Valls jugaron al perfil institucional. Se disputan el mismo electorado, y se nota. Compitieron hasta en el estilo «arreglado pero informal«, y quedó claro que no visten en Alcampo. Como si hace, en cambio, Pablo iglesias, que gracias al ahorro en vestimenta se ha podido comprar una casita en el campo.
El socialista estuvo más calmado y fue más sólido en sus intervenciones, pero el ex primer ministro francés fue más incisivo con Ada Colau.
Bou fue Bou. Este hombre no es un político ni lo podrá ser jamás. Educado en las formas, despistándose a veces, pero siempre correcto, dando las gracias a la moderadora tras cada intervención y, demostrando, que su guerra es otra muy diferente. Es un empresario, vestido de empresario, y eso gusta mucho a un sector del electorado.
Cogió un partido con unas expectativas bajo cero y siendo él mismo, con su naturalidad y su espíritu aguerrido, ha levantado una candidatura que parecía destinada a quedar fuera del consistorio. Este hombre está para plantar cara al secesionismo en Barcelona, y les va a dar mucha guerra.
El debate fue demasiado largo, y demasiado rígido. Dudo que sea decisivo, y siempre nos quedará la sensación que hubiera sido más provechoso ver la trilogía de ‘Condemor’, ‘Brácula’ y ‘Papá Piquillo’. Pero así son las cosas, y así se las hemos contado.
Por Sergio Fidalgo
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