La ancianidad es la auténtica víctima del coronavirus que se ha cebado con nuestros viejos sin piedad, especialmente en las residencias donde los hemos aparcado porque para muchos eran una carga. Ahora son lugares macabros de muerte y desolación de los que nadie quiso saber nada.
La cultura eugenésica y hedonista de nuestra sociedad “moderna” ha antepuesto al valor de la edad y la experiencia, el culto a la imagen, la belleza y el placer rápido. Algo que en otros tiempos no se hizo porque la importancia del conocimiento y la sabiduría era cosa de la edad.
Asistimos con tristeza por la pérdida del caudal humano que está crisis nos provoca ante el drama del abandono y la muerte. Nos quedamos sin lo mejor, sin ellos, sin su presencia y ahora lo lamentamos, pero lo cierto es que nunca les dimos reconocimiento, presencia y visibilidad.
Tal vez nuestra actitud explique el vacío, la crisis de todo orden, la falta de liderazgo y la orfandad que nuestra comunidad padece y demuestra. Reordenar la escala de valores y apreciar el gran legado que nos dejan es la lección principal que podemos sacar de esta tragedia vital.
Por Sergio Santamaría
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