El “pilarraholismo” de Artur Mas

Cualquiera que quiera entender cómo funcionan las cosas en Cataluña solo ha de fijarse en la figura de Pilar Rahola. Un personaje que en el resto de España es considerado poco más que una tertuliana gritona, carne de Gran Hermano VIP o del debate de Supervivientes, en esta comunidad autónoma ha alcanzado el estatus de periodista y escritora de referencia, y disfruta de todos los honores y de las mejores tribunas mediáticas para expresar sus bien pagadas opiniones.

¿De quién hablamos? Pilar Rahola es la que, siendo cargo público, le soltó un “¿No sabe usted quién soy yo?” a un policía municipal para evitar pagar la grúa. Aunque luego se disculpó por su actitud, no dimitió. Y es la misma persona que se convirtió en una tránsfuga al pasarse de Esquerra Republicana al Partido por la Independencia sin abandonar sus cargos públicos. Estos comportamientos, que en otros países democráticos la hubieran desterrado de la vida política, solo sirvieron para seguir moldeando el personaje triunfador que es hoy en día. No es de extrañar: forma parte del núcleo duro de los propagandistas de la secesión, los que han convertido el juicio, con todas las garantías de un país como democrático como España, a Artur Mas en una afrenta a todos los catalanes, cuando la mayoría mis conciudadanos ni han apoyado, ni apoyan ni apoyarán jamás al líder de la antigua Convergència.

El paralelismo entre Artur Mas y su principal propagandista, Pilar Rahola, es más que evidente. Su teórica capacidad de no arrugarse, de echarle jeta a la vida, de no callarse nunca y de decir cualquier cosa para desviar la atención es la misma. Los teóricos expertos del secesionismo que defienden la instalación de una base de submarinos chinos en Barcelona para que esta potencia militar sea una fiel aliada de una futura República Catalana, o los que insultan en TV3 a los votantes y dirigentes de PP, PSOE y Ciudadanos son fieles seguidores de la senda que inició Pilar Rahola, que no olvidemos definió a Celia Villalobos como “cerda” y “ruín” en el 2011 en un programa nocturno de ámbito nacional. Sin olvidar como en el 2012 dijo que María Dolores de Cospedal era una “guarra” ante los micrófonos de la emisora de radio más escuchada de Cataluña. Artur Mas utiliza un lenguaje más suave. Se lo puede permitir, ya tiene a Rahola y a otros como ella para que le hagan el trabajo sucio e intenten deslegitimar con su lenguaje provocador a la justicia y a las instituciones comunes de los españoles.

Artur Mas, con su aspecto de vendedor impecable de gran almacén representa dentro del imaginario secesionista el ‘seny’ mientras Pilar Rahola es la ‘rauxa’. Estas son las dos caras del alma tradicional catalana, la sensatez y el arrebato. Y esta total dedicación a la parte más emocional y atrabiliaria del carácter catalán ha llevado a esta periodista a formar parte del Consejo Asesor para la Transición Nacional, ese organismo fantasmagórico que ha de servir para construir la futura República Catalana. Y ha recibido todos los honores posibles y es el perejil de todas las salsas.

El mensaje está claro: quien es independentista, y defiende esta causa hasta el final, tendrá premio. De hecho tendrá todos los premios. La Cataluña oficial, que hoy por hoy es la separatista, ha decidido jugar fuerte y está convenciendo a muchos intelectuales, periodistas y profesionales de todos los ámbitos que si se quiere triunfar en esta comunidad se ha de defender la secesión sin complejos. No importan las formas, ni la veracidad o no de los argumentos. Es el “pilarraholismo” llevado a todos los ámbitos de la sociedad. Quien defienda las ideas que conviene al poder separatista, será recompensado. Quien no lo haga disfrutará, con suerte, de la indiferencia, por no mencionar la muerte civil.

Por eso la escritora Empar Moliner puede quemar un ejemplar de la Constitución en el programa matinal de TV3. Porque sabe que su comportamiento no será sancionado, a pesar de haber ofendido a la mitad de los ciudadanos que le pagan el sueldo. Al contrario, el “pilarraholismo” imperante en los medios de comunicación públicos catalanes decidió que debía ser premiada por esta acción, y le dieron más protagonismo en la radio de la Generalitat.

Recibir las iras de los catalanes que defienden la Constitución y la convivencia para los separatistas es un mérito que debe ser recompensado. Por eso en Cataluña se ha establecido una vertiginosa competición para ver quien insulta más, o manipula mejor. La postverdad que tan de moda se ha puesto con el Brexit y el triunfo de Donald Trump hace más de treinta años que se padece en Cataluña. El “España nos roba”, “España es una democracia de baja intensidad”, “No es corrupción, es una operación judicial contra las libertades del pueblo catalán”, “España nos mata destruyendo nuestra sanidad o con malas carreteras” y otras lindezas se escuchan continuamente desde las principales tribunas mediáticas de la comunidad. Cada día. Durante años. Moldeando la opinión pública. Intentado romper los lazos generando odio. Todo valía para que Jordi Pujol, primero, y Artur Mas, después, distrajeran la atención de las acusaciones de corrupción de su partido. Hasta una charlotada de consulta convertida en referéndum.

Los separatistas son eficaces a la hora de trabajar para conseguir sus objetivos: premian a los suyos y no dudan en utilizar las arcas públicas para comprar voluntades. El dinero del que carecen los hospitales catalanes fluye sin cesar hacia todo tipo de labores de propaganda a favor de la secesión. No hay periódico, digital, radio, televisión, editorial o activista patriótico que no reciba el correspondiente empujoncito económico para que siga trabajando fielmente a favor de la causa de la ruptura de la convivencia. Unos, los de Esquerra, porque son sinceramente secesionistas desde siempre. Otros, Mas y los suyos, para desviar la atención de sus negocios poco claros. Pero con un fin común: ignorar a la mayoría de los catalanes que siente que España es cosa suya.

Al “pilarraholismo”, al secesionismo gritón y mentiroso, hay que plantarle cara. Hay que decirles “no”. Que el Estado de Derecho ha de ser respetado. Que la convivencia es un valor a preservar, no a destruir. Que no se puede incumplir las leyes democráticas de las que nos hemos dotado. Que no se pueden convertir los medios de comunicación públicos en herramientas de propaganda. Pero no solo eso. También hay que reconstruir los lazos que los secesionistas han debilitado. Se ha de explicar que España vale la pena. Que es un país avanzado y democrático. Cada mentira separatista ha de ser desmontada explicando la verdad. Y eso no se ha hecho lo suficiente.

Las instituciones comunes españolas han sido tibias. Apenas han desmontado ni los tópicos ni las mentiras secesionistas. No estamos hablando de este gobierno central o de aquel. Todos los ejecutivos, de todos los colores, han sido cómplices. Han caído en el “Cataluña es cosa de los catalanes” entendiendo “catalanes” como “nacionalistas catalanes”. Han permitido la creación de un Reino de Taifas a cambio que los entonces soberanistas, hoy independentistas, facilitaran la gobernabilidad del Estado.

Parece ser que se está produciendo un cambio. Que hay la voluntad de remontada. De recuperar el corazón de centenares de miles de catalanes engañados por la propaganda secesionista. Ojalá sea así. Porque, repito, los separatistas han hecho muy bien su trabajo sucio. Artur Mas es poco menos que un héroe para media Cataluña, cuando solo ha sido maestro en la manipulación. Y nosotros, los que creemos en una Cataluña leal a una España democrática, cívica y unida, muy mal el nuestro. Algún día habrá que decir el “chicos, aún queda tiempo, pongámonos las botas y a remontar”. Ese día el “pilarraholismo” de Artur Mas y los suyos habrá comenzado su fin. Y la convivencia habrá comenzado a ganar.

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