Hoy es viernes, último día de la campaña a las autonómicas catalanas. Aunque parezca mentira todo se acaba y, por fin, también la paliza que nos están dando los políticos con una campaña infumable que ya lleva meses, por no decir años, machacándonos a los ciudadanos de Cataluña. Sea usted nacionalista, constitucionalista o mediopensionista no ha estado exento del constante martilleo de nuestros maravillosos representantes. Ahora sólo resta reflexionar mañana e ir a votar el domingo (por favor, no reflexionen 5 días, como el gran líder, que se les pasa el arroz). Y también les queda leer mi penúltimo artículo de “para qué sirve mi voto” pues, siento desilusionarles, aún tenemos por delante las europeas dentro de cuatro semanitas.
Resulta obvio concluir que la participación sube en las elecciones catalanas cada vez que el votante silente y dormido sale de casa y participa activamente. Pero cuando esos miles de ciudadanos catalanes constitucionalistas no se acercan a las urnas por dudas, desencanto, desencuentro, incluso por orfandad al no saber a quién votar porque nadie cubre su espacio ideológico, entonces es cuando el peso del nacionalismo y su voto fiel, seguro y motivado, se impone y consigue mayorías pactando como sea entre ellos, aunque unos puedan considerarse de izquierda (Erc), otros muy de derechas (Junts) y los terceros (la CUP) antisistema, como ha venido sucediendo últimamente.
Hasta hoy ese ha sido el patrón que se ha seguido en Cataluña desde que Convergencia dejó de ser Convergencia para convertirse en un partido de “revolucionarios” independentistas de traje y corbata de misa y “trinque”. Un partido que necesitó a un “tonto útil” que les concediera la posibilidad de legislar y les alentó a redactar un nuevo Estatut, la madre de todos los líos. Saben a quién me refiero, ¿cierto? Al Psoe-Psc de Zapatero, Montilla, Iceta e Illa. Y ahora, de Sánchez y su amada Begoña. Gracias a esos “gestitos”, el Psoe proporcionó todas las pistas necesarias al nacionalismo para que se tomaran la independencia por la brava, años más tarde, aunque durara sólo 8 segundos para los catalanes que se lo creyeron, pero muchos meses de cárcel para los que lo dictaminaron. Bueno, no para todos, que siempre hay gente que se mete en maleteros y huye y otros que tienen tanta “pasta” que se van a Suiza en primera clase de un buen avión de Swiss Air.
Y de eso van estas elecciones. De si seguimos aguantando el rollo del plasta fugado y sus memeces, de quien quiere reeditar la d.u.i. con más vehemencia aún (manda narices el “arrepentido”), o de si entronamos al enamorado Sánchez y a su jefe de la sucursal catalana, Salvador Illa, o de si abrimos el voto al constitucionalismo fiable que representan Vox, PP y Ciudadanos. Como verán no menciono al resto de partidos que se presentan, por varios motivos. Los unos, Erc y Cup, por previsibles. Otros, los Comunes, por absolutamente imprevisibles y faltos de toda lógica. Y la sorpresa, que será Aliança Catalana de Silvia Orriols, por ignorada. Aunque todos coinciden en que harán lo que sea por pactar con quien puedan a cambio del cielo eterno, sea en Madrid o en la Plaça de Sant Jaume.
Y el Psc, ¿Qué quieren que les diga del Psc? Que lo quieren todo. Ganar, machacar, no pactar, que se les bese los pies, que los catalanes confesemos nuestro amor eterno al rey de las mascarillas y a su jefe el mentiroso reflexivo. En fin, que han sacado a pasear su lado más “facha” y menos amable (que lo tienen estos socialistas, se lo aseguro) y están demostrando que pueden ganar, pero cada vez con menos votos de diferencia. Al parecer el efecto “yo sigo” de Sánchez no ha durado tanto como tenían previsto. En los debates electorales hemos palpado el nerviosismo creciente de Salvador Illa y la pérdida de apoyos que están dejando por el camino y que demuestran esos “trackings” electorales que se elaboran a diario y se publican desde Andorra o Adelaida.
Es natural que Illa esté nervioso, no sólo por el incierto resultado electoral, sino porque no pinta nada dado que le ha restado el protagonismo el jefe Sánchez y eso debe doler mucho. Tanto como no ser quien va a negociar. Sus opciones: reeditar el tripartito o tragar a Puigdemont de por vida y salirse de en medio. Porque lo de gobernar con la ayuda de los partidos constitucionalistas es, prácticamente, imposible. Recordemos que el Psc es el aliado necesario del nacionalismo independentista y quien ha alentado no sólo el indulto sino, fundamentalmente, una Ley de amnistía que borra el golpe de estado de un plumazo y convierte a Puigdemont y sus amigos en agraviados en lugar de golpistas. Todo a cambio de unos garbanzos, llamados votos, en el Congreso de Madrid que tanto repudian los separatistas.
Por tanto, quien va a defender el voto constitucionalista y la unión son aquellos partidos que, aunque no cubran todo el abanico de necesidades del electorado catalán, si van a defender lo catalán y lo español. Sin tapujos y sin esconderse. Vox, Cs y Pp es el único voto que, teóricamente, debería garantizarnos la estabilidad tanto en Cataluña como en España. Es necesario que el electorado catalán participe masivamente y vote, frenando esa sangría que significa la abstención. La última cita electoral, en febrero del 2021, se saldó con un lamentable 53,55% de participación y la suma independentista, mientras que en las del 2017, tras el golpe de estado fallido por el independentismo y la aplicación del famosos artículo 155, tuvo una participación récord del 79%. Allí fue cuando el constitucionalismo venció. ¿Repetimos? En caso contrario y si no hay voto masivo constitucionalista, podemos quedarnos ante un bloqueo por pactos imposibles que generen una repetición electoral de las catalanas o una extorsión al gobierno de España que provoque, en caso de demandas imposibles, una convocatoria urgente de elecciones generales. Intentemos, por una vez, que no sea Sánchez quien lleve el timón y venda Cataluña a pedazos. Feliz reflexión y buena decisión.
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