Pablo Iglesias, Vicepresidente Segundo del Gobierno de España, es ese «hombre segundón» de lucidez extraordinaria que, en sus propias palabras, es el único defecto que atesora. Es ese hombre, corajudo, valiente y combativo al que se le va el hilo de voz cuando debate con Cayetana Álvarez de Toledo y sale vapuleado y malherido.
Es ese hombre viril y «machirulo», en la jerga propia de su «republicana y montaraz» compañera, que siempre le pone «cojones» a todo lo que hace (sic). Ese hombre «lenguaraz» que nos alerta de una intentona golpista de la derecha mientras él ha comenzado a dar el auténtico «golpe de Estado», en comandita con Pedro Sánchez, lacayo que ha debido hacer de la «dormidina» ingesta habitual que le permita conciliar el sueño. Es ese prohombre que recita artículos de la Constitución como quien canta la lotería de Navidad, porque en el fondo solo la quiere para cobrar el «premio gordo» de su derogación.
Es ese gran «estadista» que se arroga adanísticamente avances sociales como la denominada renta mínima universal, o mejor dicho, «recompensa clientelar», para domeñar a los más desfavorecidos con sus votos. Es ese «verborreíco hablador» capaz de achicar a Patxi López y arremeter contra Espinosa de los Monteros ordenándole zafiamente «cerrar la puerta al salir».
Es ese «varón» con «v» que no «marqués», resuelto a no debatir sobre lo irrelevante desatendiendo lo urgente, -la reconstrucción de España-, manteniendo la infame acusación de una nueva «operación Galaxia» urdida por la «extrema derecha» y la «derechita cobarde»; valiente inmundicia. Es ese «hombre de paz» que «se encama» con Otegi, llama demócratas a los «jordis», ejecutoriamente condenados por sediciosos, o quiere escuchar en sede parlamentaria al «perfecto cobarde» del prófugo Puigdemont, para que nos asesore cómo levantar España, después de haber intentado demolerla arteramente.
Es ese superdotado «macho alfa» que le monta un periódico digital a una de sus asesores para que cometa falso testimonio en una causa judicial seguida en la Audiencia Nacional y así esquivar la instrucción razonada al Supremo que provoque su imputación por varios delitos graves. Es ese «Prohombre de Estado» que quiere estúpidamente nacionalizar las multinacionales como Nissan, o hacer que el despido laboral no exista en nuestro país para que tampoco haya empresas.
Es ese «encantador de serpientes» que prefiere a los pobres que a los ricos, para justificar su existencia salvífica en lugar de darles una segunda oportunidad merecida. Es esa «lengua viperina» que provoca abiertamente a Cayetana o a García Egea y luego les sataniza impunemente por replicarle contundentemente. Es ese acérrimo defensor de la igualdad entre los españoles dispuesto a que «los catalanes decidan el futuro de España sin contar con España».
Es ese pérfido hacedor de mentiras que menosprecia a los diputados de la oposición por sus largos apellidos, sin reparar en lo que ha significado su nombre, «Pablo Iglesias», en la Historia de España; el socialismo «descarnado» y su comunismo «militante» como elementos de la discordia y tragedia nacional.
Es, en fin, ese mal gobernante que con el «Mando Único» de las Residencias de Ancianos en España, por mor del estado de alarma, los abandona a su suerte y los deja morir indefensos y sin auxilio, para luego echar la culpa al Partido Popular de su «crimen político de lesa humanidad».
Es, en definitiva, lo peor que podía pasarle a nuestro país, estar en manos de un sectario que alimenta hasta la náusea la confrontación ciudadana, y que está dispuesto a llevarse por delante lo más preciado de esta gran nación: el espíritu de concordia, la capacidad de sacrificio, el compromiso de la gente honrada y el entendimiento entre los españoles por encima de cualquier otra consideración. Para lograr su propósito siembra rencor y desapego hacia la Guardia Civil («sus Generales están conmigo o contra mí») y el resto de nuestras Fuerzas Armadas.
Y finalmente, se viste de luto falsariamente fingiendo dolor cuando en realidad es pavor por las fechorías de las que terminará dando cuenta, por mucho que quiera esconderlas bajo esa apariencia de «salvapatrias social» que solo los más ingenuos y sectarios ven. Su suerte está echada y tiene mala pinta.
Sergio Santamaría
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