Las entidades soberanistas, siempre atentas a cualquier altavoz internacional, ya han encontrado el pretexto idóneo para desplegar su habitual estrategia de agravio comparativo y gesticulación política. En esta ocasión, el campo de batalla elegido no es otro que el uso de la lengua y los símbolos en los actos litúrgicos programados durante la visita del papa León XIV a Barcelona.
Xavier Antich, presidente de Òmnium Cultural, ha liderado la ofensiva criticando con dureza los preparativos eclesiásticos. El dirigente separatista considera inadmisible que el Santo Padre se limite a emplear el catalán de forma protocolaria durante sus intervenciones. Con una exigencia maximalista, en una declaraciones a ElNacional.cat, la entidad pretende que el idioma regional sea el único protagonista absoluto, ignorando deliberadamente la realidad bilingüe de la sociedad catalana y el carácter universal de la Iglesia católica.
La Moncloa y la Generalitat observan de reojo un conflicto que amenaza con enturbiar un viaje de calado espiritual y diplomático. Mientras el Gobierno central opta por un silencio prudente, el Ejecutivo autonómico prefiere no confrontar directamente con las entidades que sostienen el ecosistema independentista. Esta tibieza institucional da alas a un radicalismo que busca imponer sus tesis identitarias incluso en la bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Família.
En el centro de las iras de Òmnium se encuentra el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona. El purpurado ha mostrado una sensatez encomiable al apelar a la concordia y lamentar que se busquen polémicas donde no las hay. Sin embargo, el sector más inflexible del soberanismo ha calificado sus palabras de desafortunadas, evidenciando su total intolerancia hacia cualquier postura que priorice la convivencia social por encima de las tesis de la confrontación permanente.
La negativa del patronato de la Sagrada Família a colgar la bandera autonómica en la fachada del templo ha sido el detonante definitivo para la enrabieta nacionalista. Antich acusa a las autoridades eclesiásticas de falta de sensibilidad y de ignorar el espíritu de Antoni Gaudí. El victimismo se desborda al equiparar el rechazo a una lona reivindicativa con un desprecio a toda la comunidad, confundiendo una vez más los símbolos de una institución privada con el sentir general de los ciudadanos.
Como respuesta a lo que consideran un agravio intolerable, Òmnium y la ANC ya han convocado concentraciones para recibir al Papa con banderas separatistas. La intención real no es dar la bienvenida al Pontífice, sino utilizar los focos de las televisiones de todo el mundo para vender su particular relato político. Esta instrumentalización de una visita pastoral demuestra, una vez más, que para el nacionalismo catalán no existen espacios de neutralidad ni respeto por las instituciones comunes.
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