El nacionalismo catalán no tolera el pensamiento libre. La Joventut Nacionalista de Catalunya (JNC) – las juventudes de Junts – ha lanzado una campaña feroz contra el escritor Eduardo Mendoza. Exigen que la Generalitat le retire de inmediato la Creu de Sant Jordi, la máxima distinción civil de la autonomía.
El pecado de Mendoza ha sido puramente terminológico y alejado de cualquier fanatismo. Durante la presentación de su última novela, el autor sugirió que el 23 de abril debería llamarse simplemente «Día del Libro». Para el escritor, la figura del santo no guarda una relación directa con la literatura ni con la labor de los autores.
Estas palabras han bastado para que los cachorros de Carles Puigdemont califiquen sus declaraciones de «ataque flagrante». Consideran que Mendoza ha menospreciado la historia, los valores democráticos y la cultura de Cataluña. La intolerancia se disfraza, una vez más, de defensa de las esencias patrias frente a una opinión personal.
La JNC sostiene que el autor de La ciudad de los prodigios ha traspasado todos los límites tolerables. Para la organización juvenil, el ataque no solo es simbólico, sino que afecta a los gremios editoriales y al comercio local. Pretenden convertir una reflexión intelectual en una agresión económica contra los sectores que celebran la Diada.
Resulta llamativo el celo histórico que muestran ahora quienes han retorcido las instituciones a su antojo. Recuerdan que el santo es patrón desde 1456 para marcar distancias con el «Día del Libro». Subrayan que esta última conmemoración es mucho más reciente, datando apenas de 1929, y carece de peso simbólico.
Para las juventudes neoconvergentes, cualquier matiz sobre la festividad es un intento de desacreditar el imaginario colectivo. El «amor por la lengua» parece ser, según su criterio, incompatible con la libertad de expresión de un Premio Cervantes. No aceptan que un intelectual barcelonés cuestione los dogmas establecidos por el oficialismo.
Mendoza realizó estas declaraciones arropado por su editora, Elena Ramírez, en un contexto estrictamente literario. Jamás imaginó que su análisis sobre la onomástica de la fiesta desataría una persecución política en toda regla. Es la demostración de que, en la Cataluña actual, la discrepancia se paga con el intento de muerte civil.
La estabilidad de Pedro Sánchez depende de formaciones que hoy piden purgas culturales por motivos semánticos. Este episodio revela la fragilidad de un país donde el sectarismo intenta imponerse a la trayectoria de sus mejores escritores. La libertad de Mendoza molesta a quienes solo entienden Cataluña como un bloque monolítico y sin matices.
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