Resuenan los ecos de dos acontecimientos de distinto signo, pero enmarcados en el mismo contexto histórico. El pasado domingo día 13, en la Plaza de Colón en Madrid, tuvo lugar una concentración de personas que reclamaban al presidente del Gobierno que frenase su política de “gracia” hacia los políticos españoles condenados por el referéndum y posterior proclamación de la República en Cataluña del año 2017. Se apaleaba, como recordó Trapiello, a las palabras que el mismo Pedro profirió en diversas ocasiones manifestando su entonces nítida actitud contraria al indulto. Pero la verdad es que Pedro sabe que el tiempo es relativo, por ello, lo dicho hace años puede que no tenga valor alguno hoy y que cuarenta segundos y su posterior explicación parezcan una eternidad.
Del mismo modo, ayer mismo tuvo lugar un encuentro nada airado, sino fino, sutil, con valor de verdad y de un indiscutible sesgo intelectual; íntimamente relacionado con los sueños de gloria eterna de Pedro y de sus consejeros áulicos. Biden y Pedro en el hall de convenciones realizaron su paseo cuidadosamente medido. Delicado en el uso de los símbolos nacionales y arrastrado por la potencia comunicadora de ambas caras de Jano. No había toscos carros triunfales ni rancias melodías de timbales, simplemente dos seres humanos en ligera y armoniosa mimesis con el planeta.
Todos sabemos que pasear es una actividad saludable, nada sofisticada ni extravagante y que permite a la persona que la ejercita contemplar la marchita majestad de un palacio en ruinas, la vigorosa senectud de un árbol centenario o la autoridad inconmovible de un bosque animado por el rumor de las hojas movidas por el viento. La sorpresa del paseo presidencial de Pedro es su ausencia de protocolo previo. Parece una reinvención de las normas del ceremonial de Estado y del Protocolo Institucional. Dos hombres y un breve encuentro es motivo de poética veraniega, un match en el Tinder de la geopolítica de la OTAN.
Biden era el paseante escéptico, el hombre que camina ya por senderos tejidos de recuerdos, aquel que pasea la muerte de las grandes ciudades americanas. Pedro, por el contrario, es el vigor, la energía. Los viejos paseos por Berlín se acompañan ahora de los paseos por el hall. Sin mesas iluminadas. ¿Quién no quiere un paseo con un joven atlético y español? Pedro indultó la adusta presencia de Biden otorgándole unos pocos segundos de su valioso tiempo y, como un ávido lector de Schoopenhauer, parecía repetirle, en inglés la frase: “sobre todo no pierda el placer de caminar”.
Los fantasmas de Pedro estaban en Madrid. Quedaron en la concentración que pretendía recordarle que no insulte la decencia ni la democracia y que respete las sentencias del Supremo. En una democracia, indultar tiene algo de reinvención del derecho divino. Pedro, el paseante, informa de un indulto Dadá; de un cambio sustantivo y cualitativo en la relación de los políticos con la democracia y las leyes. Pedro ha transformado el humilde paseo que significa el tránsito por la presidencia del gobierno, en una performance en la que, lanzado al abismo, deambula entre un compromiso ético con la verdad algo matizable y una necesidad adolescente de ser centro de atención. La compleja estructura mental y política que encierra su actitud nos convoca a percibir, más que nunca, la tirantez latente en nuestra sociedad entre los conceptos legalidad y legitimidad. Esta tensión dialéctica nos aboca a seguir las huellas de los que supieron ver la realidad, no vaya a ser que, en medio de nuestros paseos, no encontremos una plaza y nos veamos obligados a preguntar a Pedro, el paseante, por alguna plaza, tasca o calle y que nos responda, con magnanimidad, que nuestro itinerario está equivocado, aunque tengamos en la mano el Atlas del Rey Planeta y él, únicamente, un mapa mental. La democracia requiere de mapas claros. Sin senderos en los que los paseos no sean una adivinanza de intenciones, sino la previsibilidad de la ley, la norma. Caminar en una democracia no puede hacerse en caminos opuestos, pese a que, como afirmaba Roland Barthes los relatos del mundo son incontables (Comunications, 1966), debemos aspirar a que exista una cierta uniformidad en la consideración de determinados delitos contra los marcos normativos y legislativos que son las costuras de nuestro Estado de Derecho. No permitamos un hiato en nuestra democracia.
José Antonio Guillén Berrendero (Heraldo Baldi)
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