El 22 de septiembre de 2017, Mónica Terribas protagonizó uno de los episodios más alarmantes de la radicalización mediática del separatismo. Apenas habían pasado 48 horas del asalto a la Consejería de Economía y el clima político en Cataluña ardía. En ese contexto, la presentadora decidió usar la antena de Catalunya Ràdio para algo absolutamente injustificable.
Desde su programa, el más importante de la emisora, invitó a los oyentes a llamar para reportar en directo la posición de los vehículos de la Guardia Civil y la Policía Nacional repartidos por Cataluña. Esa información, tremendamente delicada, se emitía con la clara intención de torpedear el trabajo de los agentes que intentaban frenar los preparativos del referéndum ilegal.
Una jueza, tras una denuncia de la Unión de Oficiales de la Guardia Civil, describió la actuación de Terribas como “irresponsable” y alejada por completo de cualquier estándar de ética periodística. Aunque no apreció delito penal, sí le reprochó su contribución a la identificación de hoteles policiales en Figueres, donde se produjeron escraches que terminaron expulsando a los agentes alojados allí.
El problema con esta camada de comunicadores es su empeño en llamarse periodistas mientras actúan como engranajes de propaganda. Durante el procés, dejaron atrás cualquier pretensión de imparcialidad y se convirtieron en portavoces en primera línea del dispositivo mediático que acompañó el intento de ruptura del 1-O.
Terribas fue una figura central en esa maquinaria. Al frente del programa más escuchado de la radio pública y con un pasado como directora de TV3, era un referente incuestionable del discurso nacionalista. En Cataluña, este tipo de periodismo no solo domina, sino que aplasta cualquier discrepancia.
Quien ose apartarse del guion independentista se expone a quedar profesionalmente enterrado. Ese clima de pensamiento único permitió que perfiles como el de Terribas usaran recursos públicos sufragados por todos los catalanes para impulsar una agenda partidista.
Un dato que lo dice todo: Òmnium Cultural, una de las entidades clave en la organización del 1-O, la tuvo como vicepresidenta y en la actualidad sigue formando parte de su junta directiva. Esta asociación repite sin pudor su lema de “lo volveremos a hacer”.
Que ahora, fuera de los medios públicos, abrace los compromisos políticos que quiera, es asunto suyo. Pero lo que hizo durante el procés deja claro que llevó su militancia demasiado lejos, aprovechándose de un micrófono financiado también por quienes no compartimos el proyecto separatista para promover una causa claramente partidaria.
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