Mitologías y referéndum

Hay quien cree que el referéndum, como consulta, tiene su origen en el mito de Casandra. Casandra, nos cuenta la leyenda, era una diosa griega un tanto chismosa, pero tenía a su favor su belleza. Era como una Afrodita de oro, según nos señala Homero. Apolo, deslumbrado por su semblante, le da el don de la profecía, pero Casandra se resiste a entregarse al dios y éste le envía unas serpientes que le escupen en la boca, lo que provoca que nadie nunca más crea en sus predicciones.

Una maldición semejante parece que tienen los referéndums. Mientras muchos europeos esperaban que Hitler entrara en razón, él convocaba el referéndum de 1934. Casualidades de la historia, el mismo mes y año que Lluís Companys. Pero ninguno de los dos acabó muy bien parado.

También un octubre, en este caso el de este año 2017, Puigdemont y sus adláteres han convocado el suyo y llevan todos los visos de que volverá a caerles la misma maldición que a Casandra y que a muchos de los que han convocado un referéndum anteriormente.

Hay que reconocer que los referéndums, como consultas masivas, los carga el diablo; viendo los resultados más recientes no cabe ninguna duda. Tras los resultados del que provocó el Brexit en Gran Bretaña, sus mayores adalides, Boris Johnson y Nigel P. Farage, aseguraron que los datos que ofrecieron eran falsos, pero el mal ya estaba hecho.

Renzi, por su parte, perdió el suyo. En Colombia, el presidente Santos no consiguió su propósito. En Hungría Viktor Orban tampoco obtuvo el resultado que esperaba con el tema de los refugiados. Y es que, a veces, las intenciones de la convocatoria son torticeras, como Cameron, que lo hizo para solidificar su liderazgo en el partido conservador, o Santos, que quería conseguir el Nobel de la paz, pero los resultados no siempre salen a gusto del convocante.

En Quebec y Escocia, referencia carismática de los independentistas de nuestra autonomía, tampoco consiguieron su propósito de lograr la secesión.

En Cataluña, alguien puede pensar que el primer convocante, Artur Mas, lo hizo para tapar las vergüenzas de su catastrófico resultado electoral y cubrir con un manto de consulta la corrupción pavorosa de su partido y de su líder carismático, Jordi Pujol.

Entonces la pregunta es: ¿Por qué debemos ir a votar para tapar vergüenzas ajenas cuando en las elecciones normales no se consigue nunca esa mayoría anhelada que desean los que creen en pajaritos preñados? Aunque lo que vivimos en Cataluña se puede considerar más como un cambio del modelo armado de Companys por un “golpe de Estado de paz, amor y democracia”.

Los que aún creen en esa opción después del bochornoso espectáculo bananero y filibustero en el Parlamento catalán se darán cuenta de que ese camino está cerrado y que no habrá choque de trenes, porque no hay ningún tren en la vía. Por más que se empecinen, la legislación actual hace imposible ese referéndum, aunque ellos intenten retorcerla. Como Casandra, aunque canten las excelencias de la pregunta, nadie los cree. Y ellos lo saben.

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