Suena el despertador. Ni tarde ni temprano, exactamente es la misma hora que todos los viernes desde hace demasiado poco tiempo, que, entre la pandemia, las tertulias con los amigos: Otegui, Rufián, la Yoli…; las traiciones, el no dije lo que dije ni diré lo que digo; los mohines en mis letanías; el mecachis espejito qué guapo soy y las carreras hacia atrás para llegar más tarde que ese tipo alto al que todos aplauden y llaman Rey de España, han pasado cinco años tan rápido que todavía no me ha dado tiempo de grabar la segunda parte de mi serie, esa donde generosamente regalo primeros planos a la audiencia. Es tan buena que mi Bego y yo vemos doble capítulo todas las noches, con su mano en mi rodilla y la mía también. ¡¡¡Qué bueno estoy, recórcholis!! Qué planta, qué sonrisa, la suerte de España.
Tras la ducha y mis minutos de ejercicios faciales frente al espejo, vuelvo a enamorarme, ya van cinco veces esta semana, si es que, mecachis, qué guapo soy. La tostada de masa madre con tres prefermentos y cuatro días de levado se me hace bola y casi me atraganto con la bebida ecológica y transversal de la primera prensada de los granos de avena recogidos con las primeras gotas del rocío. Sabe a charca de renacuajos, pero sus oligoelementos me dan un lustre en la cara que no puedo evitar acariciármela.
En la habitación veo extendido sobre el bureau el traje con los calzoncillos que me gustan, esos que llevan “Ojalá fuese tú para poder mirarme” bordado en punto bobo. Me pongo los pantalones dando saltitos hasta que saco los pies sin caerme. Los calcetines orgánicos tienen ya bolitas y los zapatos nunca me han gustado, no hacen suficiente ruido al taconear por la tarima.
Me lavo los dientes y hago gárgaras contando del cien al uno para llegar a todos los rincones. Me pongo la colonia, una de las llamadas nicho, empapando bien el revés de la corbata. Estoy listo. Mecachis, qué guapo soy.
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