RTVE ha vuelto a abrir la chequera para sus rostros más mediáticos. ‘Cuánto, cuánto, cuánto’, el nuevo concurso de la cadena pública para la noche de los sábados, cuenta con un presupuesto que supera los seis millones de euros en su primera temporada. Detrás del formato están El Terrat/Mediapro, la productora que lidera Andreu Buenafuente, y Encofrados Encofrasa, la de David Broncano. Dos nombres que ya tienen línea directa con la televisión pública y que se han convertido en proveedores recurrentes de proyectos de alto coste.
No es la primera vez que estas productoras manejan cifras mareantes a cuenta del contribuyente. ‘La Revuelta’, su anterior gran apuesta conjunta, supone un gasto de 28 millones de euros de dinero público en dos años. Con ‘Cuánto, cuánto, cuánto’, la factura se dispara aún más, reavivando la pregunta que muchos dentro y fuera de la corporación se hacen: ¿hasta qué punto RTVE puede seguir financiando espectáculos millonarios en busca de una audiencia que no termina de llegar?
La justificación oficial es la de siempre: talento, calidad y entretenimiento para todos los públicos. Pero detrás de esa retórica amable se esconde un modelo que privilegia a un pequeño círculo de productoras con buena sintonía política y mediática con el PSOE. En un momento de crisis de la televisión generalista frente a las plataformas y las emisiones en streaming, la apuesta por proyectos de alto presupuesto suena más a gesto de mantener a alto precio altavoces para el Gobierno que a política de servicio público.
Buenafuente y Broncano, dos referentes del humor con sello progresista, han construido durante años un discurso afín al clima ideológico dominante en el Gobierno. Nada reprochable en lo personal, pero sí significativo cuando ambas productoras concentran contratos millonarios procedentes de una cadena pública dependiente, en última instancia, del Ejecutivo del PSOE. Es un síntoma preocupante de cómo la televisión pública tiende a premiar a los que mejor encajan en el relato oficial.
Mientras tanto, otros creadores y productoras independientes siguen luchando por acceder a un sistema de adjudicación que parece reservado a quienes ya tienen la puerta abierta. La diversidad de voces, uno de los valores fundamentales que debería garantizar RTVE, se diluye entre grandes nombres, sueldos elevados y formatos que se repiten una y otra vez bajo distintas apariencias.
El resultado es una televisión pública cada vez más costosa y menos plural. Las cifras de audiencia no justifican los desembolsos y el servicio público se diluye en concursos, humor blanco y rostros de siempre. El riesgo no es solo económico, sino de credibilidad: RTVE corre el peligro de convertirse en una productora al servicio de sus afinidades, en lugar de una institución al servicio de los ciudadanos.
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