Hace unos años, en un libro de bares que coescribí junto a Fernando Muñiz, ya hablé del mítico restaurante ‘Los caracoles’ (Escudellers, 14), uno de esos restaurantes que han escrito la historia de Barcelona, regentado con mano firme por la familia Bofarull.
Es un local que visito cada dos o tres años, y nunca cambia. Su mítica decoración, la estampa reconfortante de su cocina de carbón, su servicio atento y sus ricas especialidades. No es nada barato, y a veces sus raciones son pelín escasas – su pulpo con panceta y parmentier de patata es delicioso, pero tres rodajas de pulpo por 23 euros es excesivo -, pero vale la pena visitarlo.
La fritura a la andaluza – gambas y calamares – es espectacular, rica y sabrosa. El rabo de toro deshuesado con parmentier de patata, también. Así como la butifarra a la brasa o los pies de cerdo con caracoles. En mi última visita no probé los arroces, pero de mis sesiones gastronómicas anteriores siempre los pedí, y nunca me fallaron.
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