La Assemblea Nacional Catalana (ANC), antaño el motor de movilización del separatismo en las calles de Cataluña, atraviesa uno de los momentos más bajos de su historia. La que fue una de las entidades civiles más influyentes del procés ha perdido fuerza, capacidad de convocatoria y, sobre todo, relevancia política y social. La caída de la ANC no es repentina, pero en el último año se ha acelerado de forma evidente.
Uno de los síntomas más claros de esta decadencia es la pérdida progresiva de afiliados. Las cifras de socios, que en otros tiempos eran motivo de orgullo y publicidad, hoy se mantienen bajo perfil. El desinterés de la ciudadanía y el desgaste del movimiento independentista han hecho mella en una organización que no ha sabido adaptarse al nuevo escenario post-procés. Ha perdido el 25 % de afiliados en los últimos cinco años, pasando de unos 40.000 a rondar los 30.000. La elección de Lluís Llach, uno de los mitos del nacionalismo cultural catalán, lejos de ser un revulsivo solo ha servido para acentuar la decadencia.
Desde que Lluís Llach es presidente – fue escogido en junio de 2024 – han pinchado en múltiples ocasiones, como en las recientes concentraciones con motivo de las diversas visitas que la Familia Real hizo a Cataluña, por los premios de la Fundación Princesa de Gerona o el Milenario del Monasterio de Montserrat. Apenas reunieron, en la acción más exitosa, a unas doscientas personas. Y eso que Felipe VI es uno de los dirigentes más denostados por el secesionismo catalán.
Atrás quedan los años en que la entidad llenaba plazas, lideraba manifestaciones multitudinarias y marcaba la agenda del soberanismo catalán. Hoy, la ANC vive atrapada entre una militancia menguante, un liderazgo cuestionado y un discurso cada vez más alejado de la realidad social catalana. Su capacidad para incidir en la política catalana es casi nula, y las propias fuerzas independentistas han dejado de verla como un actor decisivo.
La división interna entre los que propugnan un acercamiento a los partidos separatistas y los que prefieren mantenerse no solo al margen, sino promoviendo listas electorales al margen de estas formaciones, han dinamitado la formación. Hace dos semanas dimitieron veinte de los miembros de su secretariado nacional, entre ellos Josep Costa, el segundo más votado. Argumentaron que «la estructura nacional de la ANC ya no es un instrumento útil para trabajar por la independencia del país» y se conjuraban para continuar «empoderando al resto del movimiento para representar todas las formas de acción efectiva» hasta lograr la secesión.
En términos de movilización, las cifras hablan por sí solas. Las últimas Diadas han tenido una participación muy por debajo de años anteriores, y las convocatorias promovidas por la entidad ya no generan el eco mediático ni el entusiasmo popular que caracterizó sus días de gloria. Las imágenes de plazas medio vacías reflejan mejor que ningún análisis la pérdida de fuelle de la organización.
El relato triunfalista que durante años impulsó la ANC choca con una realidad mucho más compleja: una sociedad catalana plural, dividida, y cada vez más escéptica ante promesas de independencia exprés. Mientras tanto, la ANC parece encerrarse en sí misma, repitiendo consignas ya superadas y sin un rumbo claro más allá de la retórica del «volverlo a hacer». Hoy es una sombra de lo que fue. Lejos de ser el termómetro del separatismo, se ha convertido en una señal de alarma para un movimiento que no encuentra renovación ni autocrítica.
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