En las noches televisivas de España se ha librado durante meses una batalla mediática con tintes políticos entre El Hormiguero (Antena3TV) y La Revuelta (La 1). La pugna, sin embargo, parece haber llegado a su fin: Pablo Motos y su veterano programa han ganado de forma clara y sostenida la guerra de las audiencias. En octubre el balance es de 16 victorias para Pablo Motos por 2 de La Revuelta, y en septiembre fue un catorce a cero.
En la última semana los índices de audiencia fueron los siguientes: lunes, 19,2 vs 11,4; martes, 16,8 vs 12,1; miércoles, 17 vs 13; jueves 15,4 vs 11,8. Los datos son contundentes y reflejan que, pese a los 28 millones de euros invertidos por el Gobierno en el nuevo formato de David Broncano, el público sigue prefiriendo la fórmula consolidada de entretenimiento frente a la propuesta politizada apadrinada por el Ejecutivo.
El fracaso de La Revuelta es, en realidad, mucho más que un tropiezo televisivo. Es el reflejo de una estrategia política y comunicativa fallida. Pedro Sánchez apostó por un producto envuelto en humor, pero con el evidente propósito de contrarrestar un espacio donde el Gobierno y sus políticas no siempre gozan de simpatía. Sin embargo, ni el respaldo institucional ni la cobertura mediática favorable lograron alterar la realidad: la audiencia no se compra con dinero público, se gana con credibilidad y conexión con el espectador.
La decisión de invertir una suma millonaria en un programa de entretenimiento, mientras los medios públicos adolecen de falta de pluralidad y recursos en otros ámbitos, solo evidencia la utilización partidista de RTVE. El intento de convertir La Revuelta en el buque insignia de la comunicación gubernamental ha terminado siendo un boomerang: un derroche visible y, sobre todo, inútil. Porque el público, lejos de dejarse arrastrar por el entusiasmo institucional, ha respondido con indiferencia.
Mientras tanto, El Hormiguero ha mantenido su fórmula intacta: entrevistas ágiles, ritmo televisivo y una capacidad de atraer grandes invitados sin necesidad de tutelas políticas ni presupuestos desorbitados. Pablo Motos ha sabido adaptarse a los tiempos sin renunciar a su identidad, y eso el público lo percibe. Su liderazgo no es solo una cuestión de formato, sino de independencia y naturalidad frente a la rigidez propagandística de los proyectos impulsados desde el poder.
El caso de La Revuelta demuestra que la televisión pública no puede competir con el sector privado a golpe de talonario y directrices ideológicas. Cuando el dinero del contribuyente se usa con fines propagandísticos, el resultado acostumbra a ser el mismo: un producto sin alma, artificial, incapaz de generar la complicidad que sí logra el entretenimiento libre de consignas.
Pedro Sánchez ha querido convertir la pantalla en un escaparate más de su relato político, pero el público le ha dado la espalda. El Hormiguero no solo ha ganado la batalla de las audiencias; ha ganado también la de la autenticidad. Y esa es una victoria que ningún presupuesto público puede comprar.
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