El RCD Espanyol es, ante todo, una lucha de resistencia. Desde el mítico césped de Sarrià hasta el actual RCDE Stadium, el sentimiento perico se ha forjado en la lucha y en la lealtad incondicional de varias generaciones. Los datos no mienten: en el RCDE Stadium incluso en las temporadas más grises o durante el paso por el desierto de la Segunda División, la grada ha respondido con cifras cercanas a los 20.000 y 25.000 espectadores.
Estas asistencias, que en el viejo Sarrià habrían sido consideradas grandes entradas, demuestran que la afición siempre ha estado por encima del nivel de muchas plantillas. A pesar de las decepciones acumuladas, salvo excepciones brillantes como la clasificación europea ante la Real Sociedad, el perico no se rinde. Y este primer tramo de Liga, coincidiendo con una buena racha de resultados, la asistencia ha rozado o sobrepasado los 30.000 espectadores en varias ocasiones.
Es una marca de la casa: no dejar nunca solo al equipo y mantener viva una llama que otros intentan apagar desde hace decenios. En un entorno que fomenta un pensamiento único deportivo en Cataluña, la supervivencia y el crecimiento del «Mágico» dependen directamente de la proactividad de su gente.
Crecer no requiere sacrificios imposibles, sino acciones cotidianas y decididas. Cada seguidor tiene un frente de lucha a su medida: desde lucir la camiseta con orgullo en la escuela hasta generar debate positivo en redes sociales o charlar sobre el sentimiento blanquiazul en el barrio. Nadie vendrá de fuera a salvaguardar nuestro patrimonio emocional; somos nosotros quienes debemos abrir esos frentes. Cualquier gesto, por pequeño que parezca, es una victoria contra la indiferencia y un paso más hacia un Espanyol más fuerte.
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