Ada Colau (Comunes) ha sido fichada como tertuliana del programa Els matins de TV3, una decisión que ha generado indignación entre muchos ciudadanos. No resulta aceptable que una exalcaldesa de Barcelona con un legado tan controvertido se incorpore a un medio público financiado con dinero del contribuyente para seguir haciendo activismo político en favor de su formación.
En lugar de asumir con discreción las consecuencias de su gestión, Colau opta por mantenerse en el foco mediático, como si su presencia fuera imprescindible para el debate público catalán. El paso de una figura política a una plataforma pública como tertuliana no es en sí problemático, pero sí lo es cuando se trata de una persona cuya trayectoria ha sido duramente cuestionada y judicialmente reprobada.
Convertir la televisión pública en un espacio de propaganda ideológica desvirtúa su función informativa y daña su credibilidad. Los ciudadanos no pagan sus impuestos para financiar campañas encubiertas ni para ver cómo antiguos cargos públicos intentan lavar su imagen desde un plató.
Colau ha sido una de las figuras políticas más divisivas que ha tenido Barcelona en décadas. Su gestión dejó un rastro de polarización social, conflictos vecinales y decisiones urbanísticas que hoy están siendo revertidas por los tribunales. En lugar de rendir cuentas o retirarse con un mínimo de autocrítica, ahora pretende reescribir su paso por la alcaldía desde un medio que debería velar por la pluralidad y la independencia editorial.
Uno de los mayores escándalos que arrastra su legado es el de las superillas, esas intervenciones urbanas presentadas como proyectos verdes pero que, en muchos casos, fueron ejecutadas sin el respaldo legal necesario. Diversas sentencias judiciales han obligado a revertir peatonalizaciones emblemáticas, como la de Consell de Cent, al considerarse que se realizaron sin respetar los procedimientos urbanísticos establecidos.
Este hecho no es anecdótico, sino una muestra clara de cómo la improvisación y el dogmatismo político terminaron perjudicando a la ciudad. A esta cadena de varapalos judiciales se suma la reciente anulación de otros ejes verdes como los de Comte Borrell y Rocafort, consolidando un patrón preocupante: el de una alcaldía que ignoró los cauces legales y se escudó en el discurso ideológico para imponer transformaciones urbanas sin consenso.
Estos fallos judiciales no hacen más que confirmar que el supuesto “urbanismo social” de Colau se tradujo, en la práctica, en decisiones arbitrarias con consecuencias nefastas para la movilidad y el comercio local. En este contexto, lo más razonable habría sido que Ada Colau se apartara de la vida pública con humildad, reflexionando sobre su legado y permitiendo una regeneración del espacio político y mediático.
En lugar de eso, reaparece como tertuliana en la televisión pública catalana, con un discurso que apenas se ha matizado respecto a su etapa como alcaldesa. Esta insistencia en mantenerse en el escaparate público resulta ofensiva para quienes padecieron las consecuencias de sus políticas.
El fichaje de Ada Colau por TV3 no responde a criterios periodísticos, sino a una estrategia de supervivencia política con recursos públicos. Es un movimiento que deslegitima la independencia de los medios y refuerza la percepción de que las instituciones públicas están al servicio de determinadas ideologías.
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