La lectura de un artículo de Gonzalo Guijarro en elsoldigital, en el que diseccionaba la carga ideológica del polisílabo interseccionalidad, me hizo recordar otras reflexiones anteriores sobre cómo la expansión de la ideología y doctrina de la interseccionalidad identitaria es una involución de la democracia, es decir, es un movimiento de reacción contra la democracia.
El término reaccionario se ha aplicado históricamente a las reacciones contra las revoluciones liberales y la democracia. En los años 30 la reacción a la democracia partió básicamente de los nacionalismos y del totalitarismo de los Partidos-Estado. En la actualidad, Joseba Arregui, así como Flores d´Arcais, Giovanni Sartori y otros estudiosos y teóricos de la democracia, consideran que la expansión de las teorías multiculturalistas y populistas, que constituyen la familia ideológica de la interseccionalidad y del fundamentalismo, es el más importante acoso que sufren la democracia y las sociedades abiertas.
En su artículo Gonzalo Guijarro se plantea unas preguntas (y respuestas), que me parecen totalmente pertinentes a este respecto. Tan pertinentes como sorprendente es que, pese a la aplastante lógica democrática de la argumentación, nos gobiernen y se repartan los recursos públicos gurús (normalmente apellidados progres e izquierdistas), académicos, grupos mediáticos y políticos, que actúan como representantes (agentes comerciales) de las marcas identitarias de la “emancipación” (no de la humanidad universal, no de la ciudadanía, sino del victimario de las minorías identitarias). Es un discurso ideológico (relato se dice ahora) que pervierte la percepción de la realidad de la mayoría social y se erige en inquisidores que señalan a la grey cuál es el camino de la corrección política. Se pregunta Gonzalo:
«¿Qué es lo que pretenden esos académicos pseudocientíficos con la murga de la interseccionalidad? En primer lugar, vivir del cuento, claro está; pero además, lo que pretende siempre la corrección política en cualquiera de sus facetas: acomplejar a los ciudadanos de los países democráticos, convencerlos de que la sociedad en la que viven es un horror lleno de injusticias de las que ellos son los culpables. Para que, en consecuencia, acepten que se priorice por sistema a todo aquel que forme parte de esos supuestos colectivos arbitrariamente definidos, al margen de cuáles sean sus concretas circunstancias personales. Una priorización que se llevará a cabo mediante “cuotas” o dándoles preferencia para obtener privilegios por cualquier otro método, al margen de las capacidades que demuestren. Es decir, la interseccionalidad es una coartada buenista para justificar todo tipo de privilegios y enchufismos…”
Pienso que la situación actual, a la que se refiere Gonzalo, no es fruto de un repentino tsunami de reacciones sobrevenidas sino fruto de décadas de la operatividad en nuestros lares de los “talleres” nacionalistas y multiculturalistas, que han funcionado siempre, desde los 80, a rebufo de los pioneros del relativismo cultural del mundo académico norteamericano. La crecida del relativismo cultural ha funcionado como una onda expansiva reaccionaria que ha ido colmatando el terreno ya abonado por la posmodernidad y de la “modernidad líquida” y llenando el vacío dejado por la crisis y el repliegue de la modernidad ilustrada y de las grandes “certezas” del legado marxista.
Quienes hemos tenido ocasión de vivir con los ojos abiertos el último medio siglo hemos podido observar cómo a lo largo de esas décadas se ha venido urdiendo un incesante proceso de penetración invasiva del mundo “profano” y de la racionalidad política (el civil, el de la ciudadanía, el de los derechos y libertades individuales, el de la igualdad jurídica, de los derechos ciudadanos…) por parte de lo “sagrado” irracional/emocional (nacionalismos, multiculturalismo, teorías comunitaristas, identidades, “culturas”…) en. En ese transcurso los restantes colores del “arco iris” identitario se han comido el rojo.
Ese proceso –que disecciona magistralmente Félix Ovejero en “La deriva reaccionaria de la izquierda” – lo viví con nitidez en Cataluña en la década de los 80 y sobre todo en la de los 90. Hacia el 2000 la impregnación de amplios sectores sociales por los signos sagrados del multicuturalismo estaba ya “normalizada”. Cuando se trataba de la hispanofobia (especialmente, hacia el “Estado español”, pero también hacia los hispanos de América latina), las expresiones más groseras del racismo étnico y del supremacismo cultural dirigidas a ellos no suscitaban escándalo político ni social ni mediático.
Se aceptaba en el discurso ideológico y político la primacía de las identidades colectivas, ya fueran historicistas, étnicas, lingüísticas, religiosas o culturales frente a y contra el principio de ciudadanía y ley democrática. En este sentido, la estrategia pujolista del “Programa 2000” de “construcció nacional”, filtrado en 1990, se desarrolló con éxito. El proyecto “nacionalizador” identitario había logrado establecerse en las instituciones, el espacio público y político, el sistema educativo, los usos lingüísticos, los medios de comunicación, el mundo intelectual y académico, la cultura legítima (es decir, la subvencionada)… y el sistema de partidos.
A finales de 2008 se publicó Toc d’Alerta, un libro entrevista de Salvador Cot con Heribert Barrera y Jordi Pujol, prologado por el hoy director de TV3 Vicent Sanchís. Allí los dos viejos dirigentes nacionalistas exponían su reaccionaria y herderiana idea de “nación”, plenamente establecida en la vida política.
HERIBERT BARRERA: “Nosotros incluso como grupo étnico tenemos complicado subsistir, porque aparte de la lengua, no tenemos ninguna característica interna importante que nos permita mantener la especificidad. No tenemos ni la insularidad de Irlanda ni una religión propia como los judíos o los musulmanes… Y por lo que se refiere a la lengua, la nuestra no está suficientemente diferenciada (…) de la dominante, de la española, y además para poder mantenernos como un grupo étnico en el territorio necesitaríamos cambiar mucho la mentalidad de la gente (…)
Además, creo que lo que complica bastante las cosas es que es más difícil integrar a un latinoamericano que un andaluz
JORDI PUJOL: Esto, seguro; y más que a un marroquí, la religión aparte, a los latinoamericanos les cuesta entender la catalanidad”.
El mismo JORDI PUJOL, en 2004 (citado por Félix Ovejero): “Tenemos que cuidarnos [del mestizaje], porque hay gente que lo quiere, y ello sería el final de Cataluña. La cuestión del mestizaje […] para Cataluña es una cuestión de ser o no ser. A un vaso se le tira sal y la disuelve; si se le tira un poco más, también la disuelve. Cataluña es como un árbol al que se le injertan constantemente gentes e ideas desde hace siglos; y eso sale bien siempre que no sea de una manera absolutamente abusiva y que el tronco sea sólido.”
Hay en esas opiniones, como en tantísimas otras vertidas en publicaciones de esa época sobre el nacionalismo lingüístico, la preservación de la catalanidad y el “procés de construcció nacional”, un combinado de elementos identitarios que, en la absoluta ausencia de la idea de ciudadanía democrática, convierten la teoría del multiculturalismo en un cóctel explosivo: etnicismo, supremacismo, voluntad asimilacionista, diferenciación artificial del catalán, voluntad de henchir los diferencialismos comunitarios… Por un lado, la etnicidad catalana (hegemónica, pero con aspiraciones a ser “dominante”, en realidad, secesionada de España) y, por otro, las otras identidades la española (“dominante”), la hispana o latinoamericana, la marroquí, andaluces, judíos, musulmanes…, debidamente encasillados y jerarquizados. La línea divisoria de su priorización postergamiento es su actitud ante la integración en la catalanidad.
La conflictividad y tensión entre comunidades de los 80 para acá, se encuentra propiciada básicamente por el empeño de las élites nacionalistas catalanas de externalizar y excluir lo español (el Estado, el castellano, los que lo hablan, la simbología española, los partidos “españolistas”, sean nacionalistas o no, el asociacionismo constitucionalista…) del espacio público y de la vida política. La estrategia pasa por triangular, como expuso Adela Ros, socióloga ligada a la Fundació Bofill y ex Secretària per a la Immigració de la Generalitat de Catalunya con el tripartito, las relaciones comunitarias diferenciadas en tres ángulos, correspondientes al nacionalismo catalán (Cataluña) en posición referencial, a la inmigración extranjera (mayormente la marroquí) en el papel de potencial interlocutor comunitario con el poder político e institucional catalanista y al Estado español, como factor perturbador y principal obstáculo para el proyecto nacionalizador o de integración.
En esa estrategia, que exponía Adela Ros en su tesis (que no recuerdo si llegó a presentar en la Universidad de San Diego en California), la estrategia nacionalista catalana (el pujolismo) pasaba por tratar de disociar del Estado español a los españoles e hispanos, encuadrándolos en reductos identitarios determinados por su origen latino o comunitario español anteriormente denominados genéricamente “castellanos” o “xarnegos” (andaluces, murcianos, extremeños, gallegos, etc.). En los protocolos interculturales y de interlocución, la Generalitat nunca se dirigía a los colectivos de asociaciones, peñas, etc., como ciudadanos españoles, sino como colectivos comunitarios, como antes he señalado. A su vez, ese mundo asociativo colocaba en todos sus actos y eventos las banderas catalana (la señera) y la autonómica, nunca la española.
¿Hace falta más para probar el carácter antidemocrático del nacionalismo?
En un próximo escrito me referiré al papel otorgado por el nacionalismo catalán a la inmigración magrebí.
Rafael Núñez
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