La historia interminable (o la intrahistoria del procés)

Cuando Michael Ende publicó su célebre novela La historia interminable en 1979 jamás pudo imaginar el éxito que ésta iba a tener. Como tampoco los sufridos ciudadanos que vivimos en Cataluña pensábamos que la cansina murga separatista iba a convertirse en nuestra propia historia interminable, en una fractura social de la cual no se atisba el fin, en una descomposición hedienta de una sociedad antaño ejemplar y cuyo pacto social hoy se halla en vías de extinción.

El nacionalismo ha tratado de imponer al global de la sociedad catalana una falsa idea de nación basada en un concepto ilusorio de identidad experimentado colectivamente por una parte de la ciudadanía cuyas mentes han sido incapaces de resistir la ponzoña, la manipulación, el adoctrinamiento y la propaganda de los medios públicos catalanes (con TV3 y Catalunya Ràdio a la cabeza) y de los subvencionados por el gobierno autonómico (como los del imperio mediático del Grupo Godó: La Vanguardia, 8TV o RAC1).

El procés es, en definitiva, el resultado de esa sociedad de laboratorio, el fruto maduro de un meticuloso proceso de ingeniería social que proyectó el Muy Andorrable Jordi Pujol con su execrable y ominoso Plan 2000 (que regó con el dinero público que controlaba su gobierno autonómico), y del que se sirvió para instilar ese odio que hoy ha explotado y que recorre las calles y ciudades de toda Cataluña.

Este proceso de implantación de odio en las mentes de los nacionalistas contra todo lo español y contra la lengua común de todos los españoles se justifica, como se ha hecho históricamente desde finales del s.XIX, mediante la xenofobia y el racismo: Pompeu Gener, Pompeu Fabra, Prat de la Riba, el doctor Robert o tantos otros han sido maestros ejemplares para los supremacistas lazofílicos que actualmente gobiernan en la región de Cataluña.

Para ellos, como en cualquier otro nacionalismo que haya existido o que existirá, en el centro de su ideología siempre tiene que existir un enemigo exterior al cual culpar de todos aquellos problemas que han sido incapaces de solucionar o que, mayoritariamente, han creado ellos mismos. Y el totalitario y excluyente régimen nacionalseparatista catalán no es ninguna excepción. Parapetado tras las banderas del odio estelado, los lazos amarillos (que han robado a los enfermos de espina bífida) y los carteles que piden la liberación de golpistas impenitentes y apologetas supremacistas, este régimen ha sido incapaz de ejecutar y proponer a nivel autonómico ningún proyecto socioeconómico viable (que no sea el de la famiglia Pujol y el del 3%), ¡imagínense pues el magno naufragio que sería su estadito independiente!

En 2012 el irresponsable Artur Mas inició el procés imbuido en su mesiánica interpretación de Supremo Hacedor de la voluntat de un poble. Después de que la falta de higiene (política, se entiende) de la CUP lo enviara al basurero de la Historia, sus acólitos capitaneados por el actualmente fugado Puigdemont continuaron con el golpe de Estado hasta que acabaron con la paciencia de más de un millón de catalanes que el 8 de octubre de 2017 tomaron las calles de Barcelona hastiados e indignados, lo que supuso el fin de la hegemonía moral que había construido el nacionalismo a lo largo de los últimos 40 años. Y ese día los probos ciudadanos libres de nacionalismo, que entonces eran pocos y temerosos de la fatwa nacionalista y de sus pogromos contra los disidentes del régimen, se multiplicaron, cruzaron el Rubicón y empezaron a organizarse en brigadas de limpieza que acometían con regularidad aquello en que las instituciones públicas catalanas habían hecho intencionada dejación: la desinfección y saneamiento ideológico del espacio público que había sido invadido por los nacionalistas en un burdo intento de imponernos por la fuerza sus símbolos y el modelo de sociedad de pensamiento único que estos representan (nota: en esa fecha aún no había lazos pero sí esteladas y propaganda secesionista).

Esta historia interminable que sufrimos los catalanes tiene mucho en común con la descrita por Michael Ende. En una entrevista en 1984 en EL PAÍS, Ende afirmaba lo siguiente: “Cuando nos fijamos un objetivo, el mejor medio para alcanzarlo es tomar siempre el camino opuesto. […] Para encontrar la realidad hay que hacer lo mismo: darle la espalda y pasar por lo fantástico. […] Para descubrirse, a sí mismo, Bastián debe primero abandonar el mundo real, donde nada tiene sentido, y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido”.

Y esto es lo que les ha pasado a los procesistas, han creído penetrar en el país fantástico de la República Catalana, y, a diferencia de Bastian, ellos, separados de lo real, han perdido todo contenido, instalados en el odio, el supremacismo, la negación y el rechazo de la verdadera democracia, que no es imponer que todos pensemos igual sino que todos seamos libres de pensar lo que nos dé la gana.

Afirma Ende en la misma entrevista que “el principio demoniaco de nuestra época reside en la dominación que ejerce la multitud sobre el individuo” y que “nos inquietamos por la destrucción de ese mundo exterior que constituye nuestro marco vital. Sin embargo, hay otra forma de destrucción de la que no se habla y que es igualmente trágica: la de nuestro mundo interior”. Y eso es lo que ha hecho el principio demoníaco del procés con los propios, ergo las intolerantes y abducidas hordas amarillas, esos individuos dominados por la multitud estelada bajo la que se amparan y en la que su propia personalidad queda diluida, y que no sólo destruye su mundo exterior sino que ha aniquilado trágicamente su mundo interior y su capacidad de raciocinio para siempre.

Ambos procesos destructivos se retroalimentan y constituyen esa historia interminable, esa intrahistoria del procés sin fin que destruye Cataluña y a los catalanes y que pone en riesgo las bases de solidaridad e igualdad en la que se sustenta nuestro país, España, y a la propia Unión Europea, bajo el asedio constante de nacionalistas y populistas que no son más que las dos caras de una misma moneda y que ponen en riesgo nuestra prosperidad, nuestra democracia y los derechos sociales y la paz que tantos siglos (y con tantos esfuerzos y sacrificios) hemos tardado en conquistar.

En el reino de Fantasía descrito por Ende volaban dragones sin alas como Fujur; el día que en la Cataluña de fantasía en que viven los nacionalistas dejen de volar los burros sin alas (burros autóctonos catalanes, de pura raza, claro está, sin baches en la cadena de ADN, como los de las pegatinas de las partes traseras de los coches de los separatistas) quizás veamos el fin de nuestra propia historia interminable y vuelvan el seny, la legalidad, la democracia y el Estado de Derecho a nuestra región, y quizás finalmente podamos hacer entender a los separatistas la máxima de Cicerón de ubi bene, ibi patria, allí donde esté el bien, allí está la patria, y no precisamente envuelta en banderas de odio estelado.


‘Desde la aspillera’ es una recopilación de artículos de Joan Ferran, ex diputado del PSC, críticos con el secesionismo catalán desde una óptica de izquierdas. Se puede adquirir aquí.

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