Los catalanes no separatistas tenemos que estar muy agradecidos tanto a los agentes de la Policía Nacional como de la Guardia Civil. Pero como las competencias de las Benemérita en Cataluña son las que corren más peligro – la vigilancia marítima y la protección del medio natural están en el punto de mira de la Generalitat -, quiero hablar de ellos.
La Benemérita, junto a la Policía Nacional, son la última frontera para evitar que el separatismo catalán se adueñe definitivamente de las calles catalanas, tal y cómo se demostró cuando la situación se puso cruda y el sector más radical y violento del separatismo asoló el centro de Barcelona y de las principales ciudades de esta comunidad autónoma durante la mal llamada «batalla de Urquinaona». O cuando pararon la consulta golpista del 1 de octubre de 2017.
La vocación de servicio de los guardias civiles, y su amor a España, son indiscutibles y su solidaridad con los catalanes que defienden la ley, o sea nuestro marco constitucional, es continua. A cambio, tienen a un Ministerio del Interior que no les defiende frente a una Generalitat que paga a un montón de propagandistas y presuntos humoristas para que en los medios de comunicación públicos insulten a los abnegados agentes de la Benemérita.
Cada vez que hay tumultos organizados por los autodenominados CDR y otros grupos radicales, los cachorros de los partidos separatistas se dedican a atacar a los cuarteles de la Benemérita, mientras los Mossos d’Esquadra llegan, curiosamente, casi siempre tarde. Y recordemos como la consejería autonómica de Sanidad se negó a vacunarles – también a los policías nacionales- – contra el COVID, y les pusieron los últimos a la cola a pesar de ser personal de riesgo.
El Ministerio del Interior no solo no les protege y les ampara, sino que los utiliza como moneda de cambio para que Pedro Sánchez siga en La Moncloa, y los ha puesto a los pies de los caballos de los partidos separatistas. La Generalitat quiere echar a la Guardia Civil de Cataluña y su siguiente objetivo es arrebatarles las competencias de vigilancia de costas y del medio natural. Ya ha comprado material y embarcaciones para los Mossos d’Esquadra para que se vayan preparando.
Además, los hijos de los agentes son señalados en las aulas por docentes independentistas que tratan de humillarles delante de sus compañeros de clase y, de postre, apenas reciben educación en su lengua materna. Así, un guardia civil que hoy está en Sant Andreu, y que en dos años puede estar en Zamora, ve como sus retoños casi no tienen asignaturas en nuestra lengua común, y encima la Generalitat pretende que cuente como docencia en español las horas de patio y de comedor.
Queda claro que ser agente de la Guardia Civil merece un respeto, no solo en Cataluña, sino en todo el país. Pero lo que sufren en Cataluña – o en el País Vasco y algunas zonas de Navarra – merece nuestra solidaridad y apoyo. Ellos son la última barrera contra la barbarie, nunca deberíamos olvidarlo.
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