La economía y la derecha

Soy hipersensible a la simetría. Enseguida veo un ojo más pequeño que otro, una mandíbula ligeramente desencajada hacia un lado, la mitad de un labio superior que se va hacia la nariz… Durante un tiempo me persiguió la asimetría facial de Xavier Domènech, ese que se morreó en el Congreso con Pablito Iglesias, que también arrastra su asimetría corporal con andares oscilantes (hombros encogidos arriba, barriguita incipiente abajo, melena encoletada buscando el medio de la espalda). Bueno, quiero decir que, si en mi anterior bicolumna hablé de la economía y la izquierda, hoy me toca divagar sobre la economía y la derecha. Y así como empecé mi anterior diciendo que la izquierda se arma mucho lío con la economía, digo ahora que la derecha, por el contrario, no tiene problema alguno con la economía.

Como la izquierda, la derecha tiene también su ley reduccionista del mundo: ganar dinero, y cuanto más, mejor. Poco le importan las leyes y estructuras económicas, las contradicciones sociales y demás entretenimientos de los economistas. Si se adorna con terminología economicista es para ocultar lo único que le interesa: la obtención y acumulación del máximo beneficio, al que considera el fundamento del orden social. Se parapeta en la economía como realidad abstracta y neutral, y habla de crecimiento como sinónimo de progreso, y progreso como bienestar para todos. Así de simple.

La derecha supone que toda riqueza es fruto del talento y el esfuerzo individual, y no repara en que existen otros factores, como es la condición económica heredada, el privilegio y la existencia de leyes que protegen y aseguran la desigualdad impuesta, el abuso, la explotación y el aprovechamiento del talento, el tiempo y la fuerza de trabajo de  otros. Y sobre todo: que sin el Estado, su poder y riqueza se vendrían enseguida abajo.  Aquí es donde yo veo flaquear más a la derecha, pues, mientras enfatiza la iniciativa individual y predica contra el Estado como elemento distorsionador de la “libertad de  mercado”, usa al Estado como su principal valedor, poniéndolo siempre que puede a su servicio. La derecha es siempre, diga lo que diga, proteccionista. Sin el Estado, repito, no sería nada.

Porque nunca pone en el balance de sus éxitos todo aquello que le debe al Estado:  desde la preparación de la mano de obra (educación, formación), a la salud de sus trabajadores (sistema sanitario), la seguridad (jurídica, ambiental, social), la protección del territorio, infraestructuras, comunicaciones, redes internacionales, normas que regulan las relaciones sociales y, en general, todo lo que asegura la paz social, sin la cual no hay negocio posible. Hoy todos necesitamos de la existencia de un Estado poderoso, eficaz y protector, aunque sea algo mastodóntico y muchas veces inútil (este es otro grave problema que, por cierto, ni derecha ni izquierda quieren afrontar).

Dicho lo dicho, y dicho que enriquecerse, no sólo es legítimo, sino que quizás sea hoy el estímulo más eficaz de la actividad humana, el asunto más importante es equilibrar la función del Estado de tal modo que, no sólo asegure la igualdad efectiva de oportunidades (eliminando todo tipo de proteccionismo y privilegio), sino que actúe en función de un principio de justicia equitativa, que suele confundirse con el de justicia redistributiva: que cada cual contribuya al bien común en función, no tanto de lo que tiene o gana legítimamente, sino de lo que recibe. Quiero decir que, más que “redistribuir la rIqueza” para que todos tengamos lo mismo, se trata de que “quien más recibe, más pague”. Si hacemos un balance, parece claro que quienes más “reciben” del Estado son quienes más tienen (este principio vale también para que quienes menos tienen, no abusen del Estado).

Me rondan estas ideas a propósito de ese gran mito moderno, la economía como realidad   sagrada, inaccesible para los ciudadanos de a pie, como es mi caso. Parto de que el discurso económico es hoy, ante todo, un arma de propaganda y legitimación política. Porque la economía es siempre política, y así lo entendió y explicó Marx. Incluso Stuart Mill dijo que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”. Aquí, tanto la izquierda clásica como la derecha, son incapaces de afrontar radicalmente el problema de fondo, que no es el capitalismo y el mercado, sino el mercantilismo y el desarrollismo insostenible actual: qué se produce y cómo, cuáles son sus efectos en el bienestar, la salud, el medio ambiente, las relaciones sociales, el progreso cultural y humano. De esto, unos y otros, ni pío.

Santiago Trancón Pérez


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