Los conflictos internos forman parte del ADN perico, pero a menudo han actuado como un freno. Uno de los episodios más sorprendentes fue el protagonizado por Francisco Román, expresidente del club entre 1942 y 1947. Su etapa al frente de la Federación Catalana de Fútbol tras dejar el Espanyol es un ejemplo de esta autodestrucción.
Román se opuso frontalmente a que el Espanyol participara en las primeras ediciones de la Copa de Ferias. Mientras otras ciudades europeas como Roma o Birmingham enviaban a dos equipos, él bloqueó nuestra presencia. Su argumento fue que «España ya tenía su representación en el FC Barcelona», perjudicando claramente nuestros intereses.
Esta falta de apoyo institucional ocurrió mientras la competición mutaba de ser una selección de ciudades a ser representada únicamente por el Barça. Cuando el Espanyol alzó la voz para reivindicar su sitio, se encontró con el vacío de un hombre que conocía la casa. Las rencillas personales pesaron más que el bien común.
Las autoridades deportivas ya habían apartado a Román de la presidencia perica por las disputas sobre la propiedad de Sarriá. Durante las décadas de los 40 y 50, muchos dirigentes estaban más centrados en peleas internas que en la expansión del club. Esta desunión interna nos debilitó en un momento clave de la historia del fútbol español.
Paralelamente, el FC Barcelona ejecutaba una estrategia de ‘lobby’ muy efectiva con las autoridades de la época. Personajes como Samitier o el exgerente azulgrana Gich Bech de Careda tejieron redes de influencia fundamentales. Esto facilitó hitos como el fichaje de Kubala, la ventajosa recalificación de los terrenos de Les Corts o, a inicios de los años 70, la construcción del Palacio de Hielo.
Mientras el rival crecía bajo el amparo de estas gestiones, el Espanyol se desgastaba en batallas domésticas. El contraste es evidente: ellos aprovecharon el sistema para construir su hegemonía mientras nosotros perdíamos terreno. Esta diferencia de enfoque institucional marcó el devenir de ambas entidades durante el franquismo.
La unidad en nuestra afición parece, todavía hoy, una quimera difícil de alcanzar. Nuestra pasión intensa nos lleva a defender puntos de vista contrapuestos hasta el final, demostrando una «cabezonería» casi legendaria. Es ese orgullo de superviviente el que nos mantiene vivos, pero también el que nos divide.
Ser perico es elegir el camino difícil frente a la comodidad de ser del Barça o del Madrid. Somos un colectivo orgulloso que debe aprender de los errores del pasado para no repetirlos. Solo si corregimos nuestra tendencia al conflicto interno podremos mirar al futuro con garantías de éxito.
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