Vivimos tiempos en que la violencia se ha institucionalizado, y las agresiones contra los representantes electos de VOX se han vuelto cada vez más frecuentes. Esta preocupante tendencia no solo pone en riesgo la integridad física de los cargos públicos, sino que también erosiona gravemente los principios democráticos sobre los que se asienta nuestra convivencia. La creciente normalización del acoso, la hostilidad y la violencia política contra VOX es un síntoma alarmante del clima de enfrentamiento que se ha instalado en nuestra sociedad.
Lejos de tratarse de incidentes aislados, los ataques verbales y físicos contra miembros de VOX se han convertido en una constante preocupante. Insultos, escraches, amenazas y agresiones físicas ya no son la excepción, sino una rutina silenciada o relativizada por amplios sectores políticos y mediáticos que, en otros contextos, reaccionarían con firmeza.
Resulta alarmante que, en pleno siglo XXI y en una democracia consolidada como la española, haya representantes públicos que no puedan ejercer su labor sin temor a ser agredidos por el simple hecho de defender unas ideas legítimas y respaldadas por millones de ciudadanos en las urnas. Esta doble vara de medir no solo revela una hipocresía evidente, sino que alimenta una cultura del odio que normaliza la violencia contra el disidente.
Peor aún, esta violencia no surge del vacío. En demasiadas ocasiones, es alentada —de forma directa o indirecta— por líderes políticos, comentaristas y organizaciones que no solo no condenan estos actos, sino que justifican o minimizan su gravedad en función de quién los sufra. Así, se socava la esencia misma de la democracia: el respeto al adversario, la pluralidad ideológica y la libertad de expresión.
Lo hemos visto durante la pasada Fiesta Mayor de Terrassa cuando el alcalde Jordi Ballart, cruzó todas las líneas rojas al agredirme físicamente. En un acto completamente fuera de lugar, intentó, por la fuerza, arrancarme una pancarta, excediendo de forma grave sus funciones institucionales. No lo hizo solo: lo hizo junto al concejal de Seguridad, el señor Xavier Cardona, en un intento de intimidación que no solo fue un abuso de poder, sino una agresión directa impropia de cualquier representante público en un Estado de derecho.
Los insultos como nazi, fascista, racista, xenófobo u homófobo se han convertido en herramientas habituales para estigmatizar a quienes no piensan como dicta el discurso dominante. No buscan el diálogo, sino la exclusión. Su objetivo es claro: deshumanizar al adversario político.
Esta táctica no es nueva. Los nazis despojaron a los judíos de su condición humana antes de iniciar su exterminio. El comunismo hace lo mismo con cientos de millones de personas, etiquetadas como «enemigos del pueblo», para justificar purgas, campos de trabajo y genocidios en masa. En ambos casos, el lenguaje fue el primer paso hacia la violencia.
Hoy vemos cómo ese mismo proceso se repite. Las etiquetas se lanzan con ligereza y saña, no para argumentar, sino para silenciar. Y cuando se despoja a un grupo de su humanidad, todo vale: el escrache, la amenaza y la agresión.
Frente a la violencia—venga de donde venga— no daremos un paso atrás. No vamos a ceder en la defensa de nuestras libertades, de nuestras ideas ni de los derechos que nos asisten como representantes públicos y como ciudadanos. Por encima de las amenazas está la convicción, y por encima del miedo, el compromiso con una Terrassa libre, plural y democrática. VOX ha venido para quedarse.
Alicia Tomás, portavoz del Grupo Municipal de Vox en Terrassa
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