Si hay una formación política que representa al fanatismo en Cataluña, esta es la CUP, la fuente de todas las censuras y las intolerancias. Como la «voz» de las «clases populares» catalanas, o eso dicen Iphone en mano, sus militantes y dirigentes se creen en el derecho de decir qué es lo correcto y lo incorrecto, y quién merece o no ser señalado y demonizado.
El vodevil del humorista que vio interrumpido su monólogo en la fiesta mayor de la localidad barcelonesa de Navarcles por parte de una concejala de la CUP, Ylènia Morros, porque lo consideró inadecuado, es solo la punta del iceberg. El problema no es que una regidora se haya pasado de frenada, la clave es que ese tipo de actuaciones son las que predominan dentro de esa formación.
Recordemos como al periodista Josep Manel Silva le echaron de un acto de ARRAN que era público simplemente por hacer su trabajo, por sacar su móvil y grabar un coloquio con una tertuliana televisiva, Juliana Canet, y luego pretender registrar la entrega de unos premios para escoger al «botifler» del año.
Sus juventudes acosan y demonizan a todos aquellos disidentes con el separatismo que osan protestar, para amedrentarlos y que sirvan de escarmiento para evitar que crezca la desafección. Son la tropa de choque del totalitarismo. Ya se vio durante el mandato de su actual portavoz en el Parlament, Dolors Sabater, como alcaldesa de Badalona, el nivel del sectarismo al que podían llegar. Representan al nacionalismo catalán más fanático.
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