La cuarentena del líder

Hay veces que el silencio pauta la mejor forma de resistir. La disimulación no es deshonor cuando la mueve la libertad. Hay ciertas formas de discursos épicos que, preñados de un insoportable conductismo, pretenden que el ciudadano se sienta protegido por la nada. Este nihilismo presidencial, lejos de transformar las sensaciones de vacío e incapacidad para resolver un problema presente y los que se produzcan en las próximas fechas, nos coloca ante una anomalía democrática: el liderazgo como juego. Esto parece algo muy instalado en la cultura política actual.

Los estados de ánimo colectivos pueden ser programados por el rol del líder. La cuarentena de decisiones políticas reales en la que estamos instalados, no se justifica por el temor al “enemigo” vírico que nos acecha. La robustez del sistema requiere de preferencias decisorias; de toma de decisiones efectivas que no busquen ni convoquen al like social, sino a los resultados eficientes sobre la economía y la salud de los ciudadanos. El ruido de las respuestas pautadas y las preguntas encapsuladas son el frontispicio de la nada. El vacío para el ciudadano y la negligencia para cualquier vida democrática mínimamente organizada y útil. La crisis sanitaria y sus soluciones no deben impedir el libre ejercicio de la crítica ni de la oposición.

Hay veces en la historia que el seguimiento ciego del líder conduce a lugares opacos, dominados por el miedo o el pavor al vacío que podría llegar a convocar la crítica, pero, cuando la nada está provocada por la acción de un gobierno, ¿qué hacer? Parece que la solución a la pandemia está en manos de los fabricantes de sentidos; aquellos que se inspiran en Kennedy, Churchill para vender cosas que no ocurren como si fueran realidades.

No hay una guerra, no, hay una crisis sanitaria mal planificada que derivará en una crisis económica gestionada desde una lógica algo cuestionable. Hay muertos con nombres, apellidos que no son estadísticas. Son seres humanos que tenían sus planes para la Semana Santa y que tenían una auténtica vida, no una nuda vida. La empatía social que se predicaba, no puede ser un “escudo social”. El escudo es un artefacto de nobles portadores, no es un significante más o menos bien conseguido por tal o cual asesor.

Por tercera o cuarta vez en dos semanas, hemos escuchado un discurso al modo de los “grandes líderes”; un ejercicio de superávit de la vanidad. Parece que la filosofía del gobierno es la de la “inyección dolorosa” de la verdad y sus consecuencias, pero no. El compromiso de veracidad debe ser algo constante, no una mera relación material o factual.

Los dirigentes de la nación, portadores de la llave, deben reaccionar ante las cosas con naturalidad, sin sobreactuación (Arturo Fernández ya murió, y él sabía hacerlo). Quizá fuera más pertinente escuchar un decálogo de medidas, frías pero de ejecutivas; no parece que sea necesaria la épica ni las metáforas, ni el lenguaje cercano.

La idea fija del gobierno es sobrevivir, resistir y mañana ya veremos. Ese viejo “mañana será otro día” no se puede aceptar ante una situación de este tipo. Las medidas de confinamiento deben ser explicadas como algo más que un sumatorio de hechos que pretenden alcanzar tal o cual resultado. Parece un acto de dislocamiento efectista ese recurso permanente al “sufrimiento” y al “esfuerzo”. ¿qué pasará mañana si las cosas no sirven? ¿será culpa de los ciudadanos? ¿la nación no está a la altura de su dirigente? Los tiempos del idealismo son ahora engañosos, es necesario un realismo político que no refute al sistema (cosa que algunos están determinados que ocurra).

Ah, y las curvas, no tienen pico y en la Moncloa, los Balcones, dan al jardín.

Siempre nos quedará San Agustín.

Heraldo Baldi

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