El separatismo catalán vive una guerra civil de baja intensidad que ha tenido este martes un nuevo capítulo en las fachadas de Barcelona. La ANC, ahora bajo la batuta del cantautor Lluís Llach, ha empapelado las sedes de Junts, ERC y la CUP con carteles de color amarillo. Esta acción directa no busca atacar al Estado, sino señalar la supuesta «traición» de unos partidos que, según la entidad, han abandonado la vía de la confrontación por la comodidad del despacho y el pacto.
Los carteles utilizan lemas de falso dilema como «Ser o no ser independentista» o «Confiar en los políticos o no», sentenciando que «esta no es la cuestión». Lo que realmente subyace es un reproche de máximos: la ANC ya no se fía de quienes hoy sostienen la gobernabilidad en Madrid o se adaptan a la nueva realidad política en Cataluña. La entidad reclama un retorno a la unilateralidad más cruda, esa que los partidos parecen haber guardado en el cajón de los recuerdos por pura supervivencia institucional.
La relación entre la ANC y la clase política independentista está rota. Lo que antes era una simbiosis perfecta para presionar al Estado se ha convertido en un reproche constante de «sumisión» hacia el Gobierno central y el PSC. La asociación acusa a los de Puigdemont y a los republicanos de haberse convertido en meras herramientas del sistema que antes prometían derribar, una crítica que escuece especialmente en las bases más radicalizadas.

Lluís Llach ha dejado claro que la Asamblea ha «aprendido la lección» y no piensa volver a ser la «muleta» de unas formaciones a las que tilda de electoralistas. La entidad aprobó en sus tesis de verano una hoja de ruta que apuesta por la ruptura total, chocando frontalmente con la lógica pragmática que ha llevado a Salvador Illa a la Generalitat. Para la ANC, ver a los líderes catalanes manteniendo relaciones cordiales con las instituciones del Estado es una afrenta imperdonable.
Este ataque a las sedes refleja el agotamiento de un movimiento que se devora a sí mismo. Mientras el PSC consolida su posición en las instituciones, el bloque independentista se fractura entre quienes buscan una salida pactada y quienes, como Llach, prefieren habitar en el purismo de la confrontación permanente. El señalamiento público a los propios compañeros de viaje es el síntoma definitivo de una deriva que ha perdido el norte político y la unidad de acción.
La CUP, ERC y Junts se encuentran ahora en la diana de sus propios votantes más movilizados. La acusación de «españolismo» o de «arrodillarse ante el Rey» se ha convertido en el arma arrojadiza favorita de una ANC que parece añorar los días del 2017. Sin embargo, la realidad social en Cataluña es hoy muy distinta, y estos carteles amarillos parecen más un grito de nostalgia desesperada que una propuesta política viable para el futuro.
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