Viendo las imágenes de los actos del 75º aniversario del Espanyol se comprueba el respeto que le tenían a Don Manuel Meler, el entonces presidente del club perico, buena parte de la sociedad catalana y las autoridades deportivas y políticas de la época.
Eran otros tiempos, eso está claro, pero esa sensación que el Espanyol era “algo más” está ahí. Y no lo era por motivos deportivos, porque durante el mandato de Meler poco se ganó, y en las tres décadas anteriores los logros futbolísticos fueron más bien escasos.
Ver en las imágenes a Agustí Montal, presidente del Barça, asistiendo a un almuerzo de las bodas de platino con Meler, los directores de los medios de comunicación, la hija del fundador del club y los veinticinco primeros socios del Espanyol, me hace pensar si ahora se produciría algo así con un Joan Laporta que nunca sabe estar y con un Chen Yansheng que ni sabe lo que significa el sentimiento perico y que ha decidido despreocuparse de quedar bien ante la afición perica.
Hablando de la relación entre ambos clubes, una cosa es combatir los excesos de la propaganda culé, y al pensamiento único deportivo, y otra es perder las formas. En el Espanyol ya hace años que Daniel Sánchez Llibre se dio cuenta que una buena declaración anticulé tapaba muchos errores de gestión. De hecho, siempre que conviene distraer la atención, una buena campaña contra algún exceso propagandístico azulgrana resulta más que efectiva.
Ese populismo anti-azulgrana a todos nos gusta. A todos nos motiva, y a mí el primero, que nuestros dirigentes den ‘caña’ al gigante azulgrana. Motivos no nos faltan. Ni excusas tampoco. Cada temporada nos ‘roban’ jugadores en el fútbol base. Y montamos el lío. Y a menudo con razón porque algunos técnicos azulgranas son expertos en malas artes deportivas. Pero también olvidamos que si nos los ‘roban’ tan fácilmente algo tendrá que ver el que el club sea cicatero con el presupuesto de la cantera.
Podemos tener una postura firme en defensa de nuestros intereses y al mismo tiempo comportarnos como lo que somos, un club histórico. El populismo y el griterío ha de ser cosa nuestra, de los aficionados, y no puede estar instalado en el palco. Los directivos han de mantener unas relaciones frías, pero correctas, con la directiva del Barça. Y dejar el ‘hooliganismo’ para los tertulianos blanquiazules y para los socios, que es lo que nos toca.
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